@abrilpenaabreu
Tenemos proyectos que llevan más de 10 legislaturas durmiendo el sueño eterno en el Congreso. Pero justo cuando por fin parece que se van a aprobar —sean buenos o malos—, aparece un sector de poder con “objeciones de última hora”. ¿Y por qué ahora? ¿Por qué no durante las vistas públicas? ¿Por qué no cuando hubo espacio para debatir y socializar?
Porque aquí las leyes no se construyen para resolver problemas, sino para servir intereses.
Y mientras tanto, seguimos con lagunas legales y retrancas legislativas que nos condenan a vivir en un país del siglo XXI con códigos del siglo XIX. Ahora le toca el turno otra vez al Código Laboral —que supuestamente ya había sido consensuado— y al Código Penal, del que hasta la misma Procuraduría dice que no fue tomada en cuenta.
¿Es verdad? ¿Es mentira? Ya ni importa. Lo que importa es que tras 20 años de discusiones es un insulto a la inteligencia colectiva. Un país no puede pasar décadas en un limbo jurídico mientras unos pocos se benefician de que las reglas del juego no estén claras.
No se trata solo de ineficiencia. Se trata de una élite política que ha usado la excusa de la “responsabilidad institucional” para evadir decisiones incómodas, mientras los grandes vacíos legales protegen a quienes más deberían ser afectados por la ley.
Este pueblo merece más. Merece autoridades que legislen para la gente, no para los lobbies. Porque ya estuvo bueno de convertir al Congreso en un teatro donde los aplausos se compran y los silencios también.



