Editorial

¿Nos estamos pudriendo como sociedad?

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@abrilpenaabreu

En República Dominicana la violencia ya no golpea desde la calle: ha entrado hasta la cocina y el dormitorio, y los niños —los más indefensos— se han convertido en víctimas de sus propios padres o familiares cercanos. El efecto espejo parece que sigue cobrando víctimas, Solo en las últimas semanas, titulares escalofriantes nos han obligado a contar casos que deberían ser impensables: tres niños envenenados por su madre, una niña de siete años asesinada a manos de su tía y su pareja, y otro pequeño ultimado por su propio padre, otra en cuidados intensivos por culpa de la madre, otro con más de 100 heridas por culpa de la padre con la perla de que la madre no quiere acusar al padre porque este es un «buen hombre»

El patrón no es nuevo, pero la frecuencia alarma. La Procuraduría reporta miles de denuncias de violencia intrafamiliar cada año. A esto se suman las agresiones sexuales, el incesto y, aún más perturbador, la inmensa mayoría de casos que nunca llegan a tribunales ni a los medios. Estamos ante un espejo que nos devuelve una imagen cruda: la sociedad dominicana está profundamente enferma.

Lo más inquietante no son solo los hechos, sino la reacción colectiva. Hemos perdido el sentido del pasmo. Antes, un crimen así paralizaba comunidades enteras; hoy apenas ocupa unas horas en la agenda noticiosa antes de ser sepultado por la chercha del día, el apagón que impide prender el abanico, o la cerveza que no se enfría sin hielo. Trivializamos lo trágico y postergamos la reflexión, convencidos de que “aquí no puede pasar lo que pasó en Haití o en Venezuela”.

Pero la historia enseña lo contrario: esos países alguna vez también estuvieron “bien”. No es un salto al vacío lo que destruye a una nación, sino la acumulación silenciosa de fracturas internas: desigualdad, violencia normalizada, instituciones ineficaces y una ciudadanía cada vez más anestesiada.

Hoy no basta con preguntarnos si estamos podridos sin remedio. Hay que asumir que el remedio es actuar antes de que el daño sea irreversible. No se trata solo de endurecer leyes o aumentar condenas, sino de rescatar el tejido social: educar en valores, acompañar a las familias, garantizar protección real a los niños y romper la indiferencia que nos convierte en cómplices.

Si la vida de un niño deja de escandalizarnos, hemos perdido la brújula moral que sostiene a cualquier país. Y sin esa brújula, lo demás —economía, política, modernización— es solo fachada sobre ruinas.