@abrilpenaabreu
Más de 834 mil motociclistas fiscalizados en un solo año no es una cifra que deba tranquilizar a nadie, tampoco lo son las más de 81 mil motocicletas retenidas, al contrario, estos datos oficiales de la DIGESETT confirman una realidad incómoda: la infracción dejó de ser la excepción y se convirtió en la norma en las calles dominicanas.
La Ley 63-17 existe, es clara y establece reglas, sanciones y responsabilidades. Sin embargo, su aplicación real parece diluirse frente a una cultura de irrespeto que se ha normalizado durante años.
¿El problema es falta de agentes? No del todo, es cierto que el número de agentes resulta insuficiente frente a la magnitud del parque vehicular y la cantidad de infractores, pero reducir el problema a una cuestión de personal es simplificarlo demasiado.
Aquí hay un punto más profundo: la percepción de que violar la ley no tiene consecuencias reales.
Circular sin casco, en vía contraria, por aceras o sin documentación no son errores aislados, son conductas repetidas, visibles y socialmente toleradas. Cuando el ciudadano percibe que la sanción es improbable o negociable, la ley pierde fuerza y cuando la ley pierde fuerza, el orden desaparece.
El debate sobre endurecer las penalidades aparece de forma recurrente, pero la evidencia demuestra algo sencillo: no importa qué tan severa sea la sanción si no se aplica de manera consistente.
El problema no es la falta de castigo en el papel, sino la falta de certeza del castigo en la práctica.
Los números no son fríos, detrás de ellos hay vidas. En 2025, los accidentes de tránsito dejaron miles de fallecidos y lesionados, con una alta participación de motociclistas, no se trata solo de estadísticas, sino de familias afectadas, costos para el sistema de salud y una carga social que el país sigue absorbiendo.
La seguridad vial en República Dominicana no necesita más discursos ni reformas simbólicas., necesita algo mucho más difícil: Aplicación real de la ley, fiscalización constante, sanciones inevitables, pero sobre todo un cambio cultural que deje de normalizar la imprudencia
Porque mientras violar la ley siga siendo más fácil que cumplirla, ninguna cifra —por alta que sea— será suficiente.



