Juan Manuel Morel Pérez
En la dinámica social y profesional, el desgaste de pedir favores que nunca se cumplen se convierte en una carga emocional difícil de sobrellevar. No se trata de un capricho, sino de una necesidad legítima que, al no ser atendida, obliga a la persona a recordar, insistir e incluso suplicar, hasta sentir que su energía se consume en gestiones prometidas, pero nunca realizadas.
Esa desigualdad en la relación —donde uno pide y el otro incumple o posterga— revela una falta de empatía que hiere la confianza y deteriora los vínculos. De este comportamiento surge una personalidad que podríamos denominar “vende sueños”: aquella persona que promete soluciones, pero que en realidad no tiene intención de cumplir, o cuyas obligaciones y prioridades terminan por hacerle olvidar lo solicitado.
El “vende sueños” posee una habilidad particular: la seducción de las palabras. Tiene la capacidad de convencer a otros de que lo solicitado está a punto de resolverse, de que la solución está “a la vuelta de la esquina”. Su discurso genera esperanza, pero sus acciones rara vez la concretan.
Esta figura no es nueva. En la antigüedad existían los charlatanes que recorrían pueblos vendiendo remedios milagrosos que nunca funcionaban. Durante la época de la conquista y la colonización también se ejerció ese rol: a los esclavos africanos y a los pueblos originarios se les ofrecía la ilusión de que en las nuevas tierras encontrarían prosperidad, libertad o incluso ascenso social. Aquellas promesas funcionaban como mecanismos de control y sometimiento, diseñados para mantener una esperanza mínima que permitiera aceptar la explotación en espera de un “futuro mejor”.
Hoy en día este fenómeno se observa en muchos espacios de la vida cotidiana. Sin embargo, la paradoja más dolorosa ocurre cuando, después de tanto esfuerzo, la persona finalmente logra lo que buscaba sin el apoyo del “vende sueños”. Entonces, quien nunca ayudó se atreve a adjudicarse el mérito, afirmando que “incidió” en el resultado. En ese momento aparece su otra faceta: la del oportunista.
El “vende sueños” tiene similitudes con el hipócrita. Ambos viven de la apariencia: uno promete lo que no cumple; el otro aparenta virtudes que no practica. Los dos generan desconfianza y terminan contaminando las relaciones humanas. Sin embargo, existen diferencias claras: el “vende sueños” manipula la esperanza con proyectos que nunca llegan, mientras el hipócrita manipula la confianza con conductas presentes que contradicen sus palabras. El primero engaña con ilusiones; el segundo traiciona con doble moral.
Frente a estas figuras, es necesario reivindicar la importancia de la transparencia en las relaciones humanas. Quien no va a cumplir, simplemente no debería comprometerse. Muchas veces, en la espera de esa solución o cooperación prometida, se deteriora la salud, la economía entra en crisis o incluso se pierde la vida.
La honestidad no es un lujo: es una responsabilidad ética que sostiene la confianza y la dignidad en la convivencia.



