Por Roberto Monclús
Hay episodios aparentemente insignificantes que terminan dejando grandes lecciones políticas.
El 28 de agosto de 2014, Barack Obama apareció ante los periodistas en la Casa Blanca vestido con un traje color beige. El presidente de Estados Unidos hablaba de asuntos trascendentales: Irak, Siria, terrorismo y la amenaza del Estado Islámico.
Pero ocurrió algo extraordinario.
Durante buena parte de la conversación pública, el traje terminó siendo más importante que el discurso.
Algunos críticos consideraron que aquella vestimenta era demasiado informal para un presidente que hablaba sobre asuntos de seguridad nacional. El congresista republicano Peter King llegó a cuestionar públicamente la elección.
Las redes sociales hicieron el resto.
El traje beige se convirtió en noticia, en meme y hasta en una especie de escándalo político.
Obama, que tenía suficiente inteligencia política para entender el fenómeno, terminó riéndose de sí mismo.
¿Por qué recordar hoy aquel episodio?
Porque República Dominicana está viviendo una época en la que la capacidad de llamar la atención puede confundirse peligrosamente con la capacidad de gobernar.
Y aquí aparece Santiago Matías.
Desde hace algún tiempo se ha instalado en determinados sectores de la conversación pública la idea de que el fenómeno Alofoke podría terminar convirtiéndose en una candidatura presidencial y, eventualmente, en la Presidencia de la República.
No me parece una hipótesis absurda.
Pero tampoco me parece una conclusión inevitable.
Santiago Matías ha conseguido algo extraordinario: construir una plataforma de comunicación capaz de competir por la agenda nacional con medios tradicionales, políticos profesionales y grandes figuras públicas.
Tiene audiencia.
Tiene influencia.
Tiene capacidad de movilización.
Tiene un lenguaje propio.
Y, sobre todo, tiene una conexión con un segmento importante de la juventud que los partidos tradicionales muchas veces no consiguen interpretar.
Pero aquí comienza el problema.
Tener audiencia no es lo mismo que tener mayoría electoral.
Una cosa es que millones de personas consuman un contenido porque les resulta entretenido, irreverente, provocador o porque expresa una crítica contra la clase política.
Otra muy distinta es que esas mismas personas coloquen una boleta con el nombre de quien produce ese contenido dentro de una urna para entregarle la responsabilidad de gobernar el Estado.
Son dos decisiones completamente diferentes.
Y existe otra realidad que no debemos ignorar: la República Dominicana es una sociedad culturalmente mucho más conservadora de lo que aparenta cuando uno observa exclusivamente las redes sociales.
Aquí existe una juventud moderna, tecnológica, irreverente y profundamente conectada con las nuevas plataformas de comunicación.
Pero modernidad tecnológica no significa necesariamente revolución ideológica.
Un joven puede consumir diariamente podcasts, música urbana, TikTok, Instagram y YouTube y, al mismo tiempo, mantener posiciones tradicionales sobre la familia, la religión, la seguridad, la autoridad, la nacionalidad, la migración y el orden social.
El algoritmo no necesariamente cambia la cultura.
Puede cambiar la manera de consumir información.
Y eso es diferente.
Los políticos tradicionales deberían prestar mucha atención a este fenómeno.
Porque quizás el gran cambio no sea que los jóvenes hayan dejado de ser conservadores.
Quizás el cambio sea que ya no necesitan a los políticos tradicionales para expresar su conservadurismo, su inconformidad o sus aspiraciones.
Antes acudían al partido.
Ahora acuden al teléfono.
Antes escuchaban al dirigente.
Ahora escuchan al influencer.
Antes participaban en una reunión política.
Ahora participan en una conversación digital.
El canal cambió.
La necesidad de pertenencia, identificación y representación sigue existiendo.
Ahí está la verdadera importancia del fenómeno Alofoke.
Pero de ahí a la Presidencia hay un abismo.
La política presidencial exige responder preguntas que no se resuelven con audiencia.
¿Qué hará con la economía?
¿Cómo enfrentará la delincuencia?
¿Qué política migratoria aplicará?
¿Cómo manejará las relaciones con Estados Unidos?
¿Qué hará con la educación?
¿Qué modelo de salud propone?
¿Cómo financiará sus promesas?
¿Quiénes serán sus ministros?
¿Qué piensa de las instituciones?
¿Qué relación tendrá con el Congreso?
¿Qué hará frente a los empresarios?
¿Y frente a los sindicatos?
¿Y frente a las iglesias?
¿Y frente a las Fuerzas Armadas?
Ahí comienza el verdadero examen.
Porque una cosa es conducir una plataforma de comunicación y otra conducir un Estado.
Donald Trump demostró que una figura proveniente del mundo empresarial y televisivo podía conquistar la Presidencia de Estados Unidos. Pero Trump no llegó a la Casa Blanca solamente por ser famoso. Construyó una maquinaria política, ganó una primaria, conquistó territorios, estableció alianzas y logró convertir su popularidad en votos.
Eso es precisamente lo que todavía tendría que demostrar Santiago Matías.
Y no es poca cosa.
Porque las elecciones dominicanas no se ganan solamente en Instagram, YouTube o TikTok.
Se ganan en los barrios.
En las provincias.
En los campos.
En las iglesias.
En las universidades.
En los sectores empresariales.
En las organizaciones comunitarias.
En los partidos.
En las familias.
Y, sobre todo, entre aquellos ciudadanos que no necesariamente siguen todos los días la conversación digital.
El gran error sería confundir viralidad con mayoría.
Una publicación puede hacerse viral en minutos.
Una candidatura presidencial necesita años para construir confianza.
Una polémica puede generar millones de comentarios.
Un proyecto de nación necesita convencer incluso a quienes no piensan como uno.
Por eso creo que la pregunta correcta no es si Santiago Matías tiene posibilidades de llegar a la Presidencia.
La pregunta correcta es otra:
¿Puede convertir el fenómeno Alofoke en una mayoría política nacional?
Esa respuesta todavía no existe.
Y mientras no exista, hablar de Santiago Matías como futuro presidente es más una hipótesis política que una realidad electoral.
Lo que sí existe es el fenómeno.
Y sería un grave error subestimarlo.
Los partidos tradicionales harían mal si miran a Santiago Matías únicamente como un influencer.
Quizás sea mucho más que eso.
Podría representar la expresión de una generación que está cansada de los discursos tradicionales, que no siente reverencia por las jerarquías políticas y que ha encontrado en las redes sociales una nueva forma de participar en la conversación nacional.
Pero también sería un error sobreestimarlo.
Porque la política tiene una regla que las redes sociales todavía no han podido modificar:
para gobernar hay que construir una mayoría.
Y las mayorías son mucho más complejas que los seguidores.
Por eso vuelvo al traje beige de Obama.
Aquel día, el presidente estadounidense estaba hablando de guerra, terrorismo y política internacional.
Pero el país terminó hablando de su traje.
La imagen desplazó al contenido.
Eso ocurre constantemente en la política contemporánea.
El personaje puede convertirse en noticia.
La noticia puede convertirse en fenómeno.
El fenómeno puede convertirse en popularidad.
Pero entre popularidad y poder existe un largo camino.
Y ese camino se llama política.
Santiago Matías ha demostrado que sabe conquistar la atención de una parte importante de la sociedad dominicana.
Ahora queda por demostrar si puede conquistar algo mucho más difícil:
la confianza suficiente para que una mayoría de dominicanos le entregue las llaves del Estado.
Hasta entonces, el presidente Santiago Matías no existe.
Existe el fenómeno Santiago Matías.
Y entre ambas cosas hay una diferencia tan grande como la que existe entre un traje beige y una banda presidencial.



