El Pregonero, Santo Domingo. –El Partido de la Liberación Dominicana atraviesa una encrucijada que definirá no solo su presente político, sino también su reputación histórica. No puede convertirse en el refugio de quienes buscan, a toda costa, blindarse tras sus siglas para negociar su futuro judicial.
Gonzalo Castillo, quien en su momento renunció tanto al Comité Político como al propio PLD, pretende ahora volver como precandidato presidencial. No para sumar fuerzas, sino para sentarse en la mesa del poder con una carta bajo la manga: utilizar su aspiración como moneda de cambio frente a las acusaciones que pesan sobre él.
Nos preguntamos: ¿por qué no enfrentar sus procesos como lo han hecho otros, sin arrastrar a la organización a una tormenta que no le pertenece?
El “activismo” de Gonzalo no es inocente. Lleva implícito un riesgo que puede hundir al PLD en un lodazal judicial de consecuencias impredecibles. Y todo para negociar su libertad con el oficialismo.
Las acusaciones que arrastra no se esfuman con discursos ni con caravanas. Y la militancia peledeista debe preguntarse si está dispuesta a servir de escudo en una batalla que no es la suya.
Deben decidir si el PLD será una voz de la gente o el paraguas de quienes buscan limpiar expedientes. Esa decisión no admite medias tintas.



