Opinión

Tercer atentado contra Trump: ¿casualidad o síntoma de algo que ya no tiene marcha atrás?

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Por Abril Peña

La noche del sábado 25 de abril de 2026, un hombre armado con una escopeta, una pistola y varios cuchillos irrumpió en la Cena de Corresponsales de la Casa Blanca en el Hotel Hilton de Washington, donde se encontraban Donald Trump, Melania Trump, el vicepresidente JD Vance y buena parte de la élite política y periodística de Estados Unidos. El Servicio Secreto evacuó al presidente en cuestión de segundos, un agente recibió un disparo en el pecho y sobrevivió, y el sospechoso, identificado como Cole Tomas Allen, fue detenido mientras las autoridades trabajan la hipótesis del lobo solitario, no es la primera vez, es la tercera en menos de dos años, y eso ya no puede llamarse casualidad y aquí está la pregunta que este tercer intento obliga a hacer en voz alta.

Hay una pregunta que incomoda precisamente porque no tiene una respuesta simple, y las preguntas que no tienen respuesta simple son exactamente las que vale la pena hacer: ¿tiene Donald Trump responsabilidad en el aumento de la violencia política en Estados Unidos y en el deterioro del discurso político global?

La respuesta honesta no es sí ni no, es más incómoda que eso, no hay evidencia de que Trump haya ordenado ninguno de los actos de violencia que han sacudido a la nación más poderosa del mundo en los últimos diez años, pero hay algo que sí existe, que está documentado, medido y analizado por expertos en comunicación política, psicología social y ciencias del comportamiento, y es esto: desde 2016, coincidiendo exactamente con su irrupción en la política, los niveles de violencia políticamente motivada en Estados Unidos alcanzaron los más altos desde la década de 1970, con una diferencia importante respecto a décadas anteriores, más violencia dirigida a personas que a propiedades, más personal, más dirigida, más ideológica, Reuters lo documentó en una serie de reportajes en 2023 que no dejaba mucho espacio para la interpretación.

Eso no es percepción, son hechos. Más de 300 actos de violencia política entre 2021 y 2024, crímenes de odio que casi se duplicaron desde 2015, un salto medible del 8% en el uso de lenguaje negativo y confrontacional en el discurso político, un salto que los estudios de análisis del discurso indican que se reduce significativamente si se excluye a Trump de la ecuación, y una lista de incidentes que ya no puede verse como suma de casualidades: el asalto al Capitolio en 2021, el ataque a la familia de Nancy Pelosi en 2022, el intento de asesinato contra el juez Brett Kavanaugh ese mismo año, el asesinato de una legisladora estatal en Minnesota, otro senador estatal herido junto a su esposa por un atacante que tenía una lista de objetivos políticos, el asesinato de Charlie Kirk en 2025, y ahora este tercer intento contra el propio Trump en menos de dos años, que se suma a los de Butler, Pensilvania en julio de 2024 y Florida en septiembre de ese mismo año.

Cuando la violencia ya no distingue entre niveles de poder, ideologías ni roles dentro del sistema, algo se rompió, la pregunta es qué, los expertos apuntan a lo que llaman el efecto permiso, que no es una teoría conspirativa sino un fenómeno documentado en psicología social, y funciona así: cuando una figura de alto poder rompe las normas de comunicación pública, ridiculiza a sus adversarios, deslegitima instituciones, usa lenguaje que en cualquier otro contexto sería inaceptable, y lo hace sin consecuencias y con aplausos, redefine lo que una parte de la sociedad percibe como válido, como normal, como permitido. No es que la gente reciba una orden, es que recibe un modelo. Y los modelos, cuando vienen de figuras carismáticas y mesiánicas que además encabezan la nación más poderosa del planeta, funcionan exactamente como funcionan las campañas publicitarias, moldean comportamientos, desplazan límites, cambian la percepción de lo que es aceptable hacer y decir sin que nadie tenga que dar la instrucción explícita.

Trump no inventó la polarización estadounidense, eso hay que decirlo con la misma honestidad con la que se dice todo lo demás, porque Estados Unidos lleva décadas dividido por temas de raza, drogas, desigualdad e ideología, y esa división tenía sus propias raíces antes de que él bajara por la escalera dorada del Trump Tower en 2015, pero sí encontró esa división, la entendió mejor que nadie, y decidió habitarla en lugar de tender puentes, porque habitar la división resultó ser, al menos en el corto plazo, una estrategia electoral extraordinariamente efectiva, el problema es lo que queda después.

Porque el estilo disruptivo, confrontacional y sin filtros que conectó con millones de personas que estaban hartas de la corrección política y del lenguaje institucional vacío, ese mismo estilo que se exportó a otros países donde líderes de distinto signo lo adoptaron como modelo propio, tiene un costo que se paga con tiempo, y ese costo se llama fractura, se llama normalización del conflicto, se llama un mundo donde el adversario político ya no es alguien con quien se debate sino alguien a quien se enfrenta, y donde esa lógica, repetida desde arriba con suficiente intensidad, termina filtrándose hacia abajo de maneras que ningún líder puede controlar del todo una vez que las desata y ahora ese costo está llegando, en tiempo real y con nombres y apellidos.

La guerra en Irán y el cierre del Estrecho de Ormuz han producido algo que pocos habrían predicho hace apenas dos años: una fractura visible entre Trump y los líderes populistas europeos que lo habían adoptado como modelo y como aliado estratégico. Giorgia Meloni, primera ministra italiana y una de las figuras de la derecha europea con mayor afinidad ideológica con Trump, se opuso a que Estados Unidos utilizara una base aérea en Sicilia para atacar a Irán. España negó el uso de sus bases y su espacio aéreo (aunque era esperado ya que son de ideologías muy distintas, pero, se atrevieron) . El Reino Unido condicionó su apoyo. Francia tensó sus relaciones con la Casa Blanca al punto del quiebre, líderes que antes intentaban congraciarse con el hombre más poderoso del mundo ahora se atreven a criticarlo y buscan distanciarse, no solo por antipatía hacia la política exterior estadounidense, sino también por las presiones que amenazan el sustento de sus pueblos y el futuro de sus propios gobiernos.

Nadie lo está diciendo en voz alta porque decirlo tiene su propio costo político, pero el mensaje es claro para quien quiera leerlo: abrazar el trumpismo resultó ser rentable mientras la disrupción se percibía como energía y como cambio, pero cuando la disrupción se convierte en guerra, en aranceles que golpean la economía propia, en demandas de lealtad que los votantes locales no están dispuestos a respaldar, el modelo empieza a pesar más de lo que rinde. La derrota de Viktor Orbán en Hungría tras 16 años en el poder, en unas elecciones en las que Trump y Vance hicieron campaña abiertamente por él, probablemente acelerará esta tendencia de los líderes populistas europeos a distanciarse de MAGA por su propio bien político, esto es lo que está pasando, despacio, sin declaraciones formales, con la prudencia de quien no quiere quemar puentes pero tampoco puede seguir sosteniéndolos.

Lo que realmente cambió, y esto es lo más importante de todo, no fue solo la política. Fue la forma de comunicarla, la percepción de lo que es aceptable decir, hacer y tolerar en el espacio público, y eso no se revierte con un cambio de gobierno ni con un discurso de reconciliación, porque las normas que se rompen desde arriba tardan mucho más en reconstruirse que en destruirse, y mientras tanto la violencia que se instaló en el ecosistema político de la nación más poderosa del mundo sigue buscando nuevos destinos, nuevos objetivos, nuevas formas de expresarse, anoche encontró uno en el Washington Hilton.

Trump no creó la violencia política en Estados Unidos. Pero bajo su irrupción el dique se rompió, y el agua que salió no tiene prisa por volver.