Opinión Política

El peso de un apellido

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Por Abril Peña

Ayer me tocó titular una portada sobre unas declaraciones de Hipólito Mejía. Como ocurre en los medios digitales, el reto era captar la atención del lector, así que en lugar de colocar el nombre de Juan Garrigó, optamos por identificarlo como “el nieto de Hipólito”. No era mentira, lo es, pero también sabíamos que esa referencia despertaría más curiosidad.

Sin embargo, mientras escribía ese titulo pensé en algo que va mucho más allá del click.

Juan Garrigó no es únicamente el nieto de un expresidente ni el hijo de una alcaldesa. Es un joven que, siendo apenas un adolescente, tomó una decisión que pocos toman en un país donde la política suele aprenderse más en la práctica que en las aulas: estudiar Ciencias Políticas, un camino mucho más difícil que si hubiese optado algo que tuviese que ver con los negocios familiares.

Sí, creció en una familia dedicada al servicio público. Sí, tuvo oportunidades que muchos no tienen. Negarlo sería absurdo, pero también sería injusto reducir toda su trayectoria únicamente a su árbol genealógico.

Lo mismo dije hace años sobre Carolina Mejía. En aquel momento, cuando fue escogida secretaria general, muchos intentaron descalificarla afirmando que estaba allí únicamente por ser hija de Hipólito Mejía. Las relaciones entre el PRD y el naciente PRM estaban en uno de sus momentos más tensos. Yo militaba en el PRD y, aun así, sostuve que esa crítica era injusta, que parecía que algunos habían olvidado que Carolina llevaba años encabezando el sector externo de su padre, una de las tareas más complejas de cualquier campaña política. Quien ha trabajado en organización electoral sabe que construir y mantener un verdadero sector externo no es una responsabilidad menor. En aquel momento existían recelos entre los perredeístas tradicionales y los llamados “pepehachistas”, pero los hechos seguían siendo los hechos.

Más adelante me ocurrió algo parecido con Omar Fernández.

Como hija de una figura política, conozco de primera mano lo que significa crecer bajo una lupa permanente. Si no logras destacar, eres una decepción porque “con el padre o la madre que tuvo debía llegar más lejos”. Pero si destacas, entonces el mérito tampoco es tuyo: fue el apellido.

Es un juego imposible de ganar, ahora esa discusión parece trasladarse hacia Juan Garrigó. Mucho antes de integrarme al PRM ya escuchaba hablar de él como una de las jóvenes promesas del partido. No solo por su formación académica, sino por su capacidad para construir acuerdos, por su trato con la gente y por una habilidad política que distintos dirigentes resumían con una frase que he escuchado más de una vez:

“Ese muchacho resuelve.”

Y eso no deja de tener mérito, en un partido donde diputados, alcaldes, senadores y dirigentes han hecho público, incluso frente a las cámaras, que hay funcionarios que ni siquiera les contestan una llamada, destaca alguien que ha preferido trabajar durante años detrás del escenario, construir relaciones, conocer la estructura del partido y aprender desde adentro. Así lo describía incluso Alfredo Pacheco al referirse a su proceso de formación política.

¿Tuvo privilegios? Claro que sí, pero una cosa no excluye la otra.

Muchos han pasado prácticamente del aula a una candidatura o a una curul después de unos pocos meses de campaña. Ese, sencillamente, no parece haber sido su caso.

Si puedo criticar a mi propio partido cuando entiendo que corresponde —y quienes me conocen saben que por eso nunca ha sido popular—, también tengo la obligación de reconocer cuando alguien hace las cosas bien. Sería una falta a mis propios principios medir a unos con una vara y a otros con otra.

Hay algo profundamente mezquino en negarle las capacidades a una persona únicamente porque nació en determinada familia o porque milita en un proyecto político distinto al nuestro. Los privilegios existen. Pero también existen el trabajo, la preparación, la disciplina y la construcción paciente de una carrera.

Si el apellido bastara, todos los hijos y nietos de presidentes serían diputados, senadores, alcaldes o jefes de Estado y la realidad demuestra exactamente lo contrario. Si finalmente este domingo Juan Garrigó es juramentado como secretario general del PRM, será porque alrededor de su nombre se construyó un consenso.

Y los consensos, por definición, implican acuerdos donde ninguna de las partes obtiene absolutamente todo ni pierde absolutamente todo. De lo contrario, dejarían de ser consensos para convertirse en imposiciones y no me parece que sea el caso, aunque pique.

Juan Garrigó ha venido construyendo su propio camino. Permitámosle recorrerlo y si algún día corresponde cuestionarlo, que sea por sus decisiones, por sus resultados o por sus actuaciones públicas. No únicamente por el apellido que heredó.