Por Liza María Martínez
En las últimas semanas, República Dominicana ha vuelto a enfrentar un viejo fantasma que nunca termina de irse: los casos de narcotráfico vinculados a figuras políticas. Cada cierto tiempo surge un nuevo nombre, un nuevo expediente y un nuevo escándalo que sacude titulares por unos días para luego perderse en el ruido de las redes sociales.
Luego, como de costumbre, regresamos a la normalidad, a la cotidianidad de un país que parece haberse acostumbrado a convivir con la sombra del crimen organizado infiltrándose en la política.
Mientras un partido acusa al otro y se reparten culpas como si se tratara de un juego infantil, la sociedad observa, comenta y, al final, olvida. Hoy un dirigente señala que la oposición tiene más vinculados al narcotráfico; mañana otro acusa al oficialismo de abrirle las puertas al crimen organizado. En ese cruce de señalamientos, nadie asume responsabilidad y el problema real la presencia sistemática del dinero sucio en la política queda reducido a un espectáculo partidista.
La pregunta es inevitable:
¿Hasta cuándo seguiremos aceptando esta dinámica como parte inevitable de nuestra vida política?
Una sociedad que prefiere señalar antes que exigir justicia
El dominicano promedio comenta los casos, hace memes, se indigna un par de días… y luego pasa a otro tema. Hemos normalizado el escándalo. Nos hemos convertido en espectadores, no en protagonistas de la exigencia de justicia.
Mientras tanto, los casos se diluyen, los procesos se enfrían, los implicados salen bajo fianza o reciben condenas menores, y las instituciones siguen atrapadas entre intereses, presiones y complicidades. La ciudadanía, en lugar de exigir profundidad, transparencia y consecuencias reales, se queda atrapada en el simple señalamiento: “Ese partido es peor que el otro”, como si la corrupción fuera un fenómeno exclusivo de una sola organización política.
Este comportamiento no solo perpetúa la impunidad: la alimenta.
La normalización: el verdadero enemigo
El problema no es únicamente que existan políticos relacionados con el narcotráfico; el verdadero problema es que esto ya no sorprende a nadie. Hemos llegado a un nivel de tolerancia tal que la sociedad solo reacciona cuando un caso es demasiado escandaloso… y aun así, la reacción dura poco.
Ese desinterés colectivo ha creado un terreno fértil para que el dinero ilícito siga financiando campañas, manipulando estructuras partidarias y comprando voluntades. Mientras la ciudadanía actúe como si esto fuera “parte de lo normal”, seguirá ocurriendo.
Es hora de despertar: la voz ciudadana sí importa
Este artículo no busca señalar a un partido específico, sino a todos nosotros como sociedad.
Nosotros los jóvenes, que heredamos el país que hoy permitimos; los adultos, que han visto repetirse este ciclo durante décadas. Es responsabilidad de todos romper con esta cultura de resignación.
Despertar no es solo indignarse:
Es preguntar, exigir, denunciar, participar, votar con conciencia, vigilar a quienes elegimos y no permitir que el narcotráfico siga infiltrándose bajo el silencio cómplice de la ciudadanía.
No podemos seguir aceptando que la política dominicana sea un terreno fértil para el dinero oscuro.
No podemos seguir normalizando lo anormal.
Y, sobre todo, no podemos seguir dejando que otros decidan por nosotros mientras nos limitamos a criticarlos desde lejos.
Conclusión: El cambio comienza por la voz que aún no se ha levantado
La República Dominicana necesita una ciudadanía despierta, activa y valiente. Juventud y adultez deben unirse en un mismo reclamo: un país donde la justicia funcione, donde la política sea limpia y donde el narcotráfico no tenga espacio para comprar poder.
El país que soñamos no llegará mientras sigamos mirando hacia otro lado.
Llegará cuando dejemos de normalizar y comencemos a exigir.
Y ese momento debe ser ahora.



