Opinión

El país donde naufragan las certezas

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Por Noam F Pérez

El escenario político dominicano es, ese océano donde han terminado hundiéndose las embarcaciones de los marineros más experimentados. Ahí quedan, bajo lasuperficie, las teorías bien armadas, los manuales decampaña traídos de afuera, las consultorías carísimas… todo eso que en otras costas funcionó y que aquí, sencillamente, se hunde.

Porque hay que decirlo con todas sus letras: República Dominicana tiene una idiosincrasia particular -difícil de explicar incluso para quienes llevamos años observándola de cerca-que la distingue del resto de las naciones del continente, aun cuando compartan origen, historia de miserias compartidas y hasta el mismo idioma. Es, insisto, el océano donde se caen las predicciones. El lugar donde los modelos que en otro país dieron resultado, aquí simplemente no cuajan. Se ha intentado de todo: traerexpertos internacionales, importar fórmulas de seguridad ciudadana probadas en Bogotá o en Ciudad de México, replicar estrategias electorales que en su momento funcionaron en otras latitudes. Y, sin embargo, una y otravez, la realidad dominicana termina imponiéndose sobre lateoría. Pareciera -y lo digo con la cautela que exige untema tan escurridizo- que esta sociedad es un puente roto que muy pocos logran cruzar sin caer al vacío.

 

Un influencer con vocación de estadista

En los últimos días, tras conocerse las aspiraciones políticas de Santiago Matías, más conocido en el argotpopular como Alofoke, y su intención declarada de aspirar ala primera magistratura del país en los comicios de 2028, eldebate se ha reavivado con una intensidad que pocos esperaban. Y es que a Santiago Matías bien podría llamársele, sin exagerar demasiado, el padre de las redes sociales dominicanas. Un comunicador -porque eso es, ante todo, un comunicador nato- con una influencia comprobada tanto en los barrios populares como en sectores de clase media que consumen su contenido a diario.

Analistas y creadores de opinión política, entre ellos elreconocido comunicador y político José La Luz, han sostenido públicamente que el influencer podría, sin mayores complicaciones, convertirse en el próximogobernante de la nación. Lo consideran -palabras más, palabras menos- el fenómeno político de este siglo apenas incipiente. Y no es una afirmación gratuita, pues bien, lalógica detrás de ese razonamiento tiene sustento: en otras latitudes ya hemos visto emerger liderazgos que nacieronfuera de la política tradicional y terminaron ocupando el sillón presidencial.

Bukele, Milei, de la Espriella… ¿y Alofoke?

Ahí están los ejemplos que suelen citarse como pruebairrefutable: Nayib Bukele en El Salvador, Javier Milei enArgentina y, más recientemente, Jorge de la Espriella enColombia. Tres figuras que, viniendo de fuera delestablishment político clásico, lograron capitalizar el hartazgo ciudadano y convertirlo en votos. Es el sustento -inequívoco, según quienes defienden esa tesis- que alimenta la comparación con el fenómeno Alofoke.

Pero -y aquí es donde conviene detenerse un momento,respirar hondo y mirar con más calma- se les olvida, oquizás se les escapa, lo complicado que resulta la realidad dominicana y su tejido de pensamiento social. Este es, no lo olvidemos, el mismo terreno donde han fracasado losmejores gurús en materia de seguridad ciudadana yestrategia política, empeñados en encajar a la fuerza modelos importados bajo la convicción -un tanto ingenua,hay que decirlo- de que si funcionó en la mayoría de lospaíses, aquí también tendría que funcionar.

El dominicano es único. Y poco espontáneo, además, en sus manifestaciones culturales y políticas. No creo -y lo digo con el respeto que merece un debate tan abierto- que este pueblo esté preparado todavía para un liderazgoemergente de corte tan mediático como el que representanAlofoke o cualquier otra figura surgida al margen de lapolítica tradicional. Este país, pese a sus bajos niveles de escolaridad general y a la avalancha de las redes sociales que todo lo permea, conserva un matiz profundamente conservador, un sentido cultural autóctono que no se dejaarrastrar tan fácilmente por las modas políticas de moda en el resto del continente.

La trampa de la comparación fácil

Conviene no perder de vista algo esencial: comparar a Santiago Matías con Bukele o con Milei es, en el mejor delos casos, una simplificación peligrosa. Bukele llegó alpoder sobre las cenizas de un bipartidismo que habíaperdido toda credibilidad frente a una violencia pandilleraque asfixiaba literalmente al país. Milei capitalizó una crisiseconómica e inflacionaria que llevó a buena parte delelectorado argentino a votar contra el sistema, más que afavor de una persona. De la Espriella, por su parte, surgeen un contexto colombiano marcado por el desgaste degobiernos recientes y una polarización que ya veníamadurando desde hacía años.

República Dominicana, en cambio, no atraviesa -al menosno todavía, y ojalá nunca llegue a hacerlo- una crisis de esa magnitud. La economía, con sus luces y sus sombras, mantiene cierta estabilidad relativa. Y el sistema de partidos, aunque erosionado y con un desgaste evidenteentre el electorado joven, sigue teniendo una baseinstitucional que no puede desmontarse de la noche a la mañana solo porque un comunicador tenga millones de seguidores en TikTok e Instagram.

Eso no significa, ojo, que debamos subestimar el fenómeno. Sería un error igual de grave. La capacidad deAlofoke para movilizar audiencias, para instalar temas deconversación nacional en cuestión de horas, es algo queningún político tradicional dominicano puede igualar hoy por hoy. Ahí radica su verdadero poder: no en una plataforma ideológica clara, sino en la conexiónemocional inmediata con miles -quizás millones- dedominicanos que sienten que, por fin, alguien les habla ensu propio idioma.

 

Lo que el 2028 tendrá que responder

Faltan todavía varios años para que las urnas dictensentencia, y en política dominicana, como bien sabemosquiénes llevamos tiempo analizándola, todo puede cambiarde aquí a entonces. Pero el debate que ha abierto la posible candidatura de Santiago Matías no es menor: nos obliga a preguntarnos, con seriedad y sin frivolidades, qué tipo de liderazgo está dispuesto a aceptar el electorado dominicano en los próximos ciclos electorales.

¿Está el país preparado para un outsider mediático sintrayectoria institucional? ¿O terminará, como ha ocurridotantas otras veces, imponiéndose ese conservadurismo cultural que -guste o no- sigue siendo uno de los rasgosmás marcados de nuestra idiosincrasia política? Larespuesta, sospecho, no la tiene nadie todavía. Ni siquieralos analistas más avezados. Y quizás ahí -en esaincertidumbre tan propia de este país- está la verdadera esencia de la política dominicana: un océano que sigue, tozudamente, resistiéndose a cualquier mapa quepretenda predecirlo.