Sin categoría

El oro marrón que se está oxidando: la caída silenciosa del cacao dominicano

Capítulo 4

Compartir

Por Abril Peña

Por años, la República Dominicana fue una potencia silenciosa del cacao. No éramos los más grandes en volumen, pero sí en prestigio. Nuestro grano orgánico, cultivado por manos rurales sin químicos ni transgénicos, era elogiado en Europa y premiado en ferias internacionales. Hoy, ese prestigio se desvanece. Y lo peor: parece que no nos hemos dado cuenta.

Mientras el precio del cacao alcanza récords históricos en el mercado internacional, nuestros niveles de producción y exportación han disminuido, alejándonos del liderazgo que alguna vez tuvimos. El país que puso el cacao orgánico en el mapa mundial está, poco a poco, quedándose atrás.

La caída que no se ve en los titulares

Entre 2020 y 2023, las exportaciones de cacao y sus derivados pasaron de más de US$250 millones a cerca de US$190 millones. Esto, a pesar de que el precio por tonelada de cacao se duplicó en el mercado internacional durante ese mismo período.

Las razones sobran:

Plagas como la moniliasis y la escoba de bruja han afectado severamente fincas en zonas clave como Duarte, María Trinidad Sánchez y Sánchez Ramírez.

Falta de renovación de cacaotales: al menos el 40% de las plantaciones tienen más de 30 años.

Pérdida de mano de obra joven, por migración rural y falta de incentivos.

Productores sin apoyo técnico ni acceso real a certificaciones, lo que los excluye de los mercados más exigentes.

Falta de valor agregado: la mayor parte del cacao dominicano aún se exporta en grano, sin procesar, sin marca país, sin industrialización local.

¿Qué ha hecho el gobierno?

Reforestación con cacao en zonas degradadas, como parte de programas financiados por cooperación internacional (ej. REDD+).

Entrega de plantas injertadas más resistentes, aunque sin un plan de escala nacional.

Algunos esfuerzos para apoyar certificaciones orgánicas, junto al IICA y el Ministerio de Agricultura.

Iniciativas de ProDominicana para promover exportaciones, principalmente en ferias y misiones comerciales.

Lo que sigue faltando:

Un plan nacional de renovación de cacaotales, con metas, presupuesto y acompañamiento técnico real.

Acceso a financiamiento a tasas bajas, especialmente para pequeños y medianos productores organizados.

Industrialización del cacao a nivel local, para generar empleo y exportar valor, no solo materia prima.

Campañas que posicionen el cacao dominicano como producto de orgullo nacional, no solo como commodity.

Inversión pública en centros de fermentación, secado y empaque, especialmente en las provincias del nordeste.

Este no es un tema de nostalgia agrícola. El cacao representa:

Miles de empleos rurales sostenibles.

Un producto ideal para el cambio climático, con capacidad de capturar carbono y regenerar suelos.

Un espacio para el empoderamiento económico de mujeres y cooperativas.

Una oportunidad para que el país lidere desde lo orgánico y lo justo, en lugar de lo masivo.

Si dejamos que este rubro se oxide, estaremos perdiendo mucho más que divisas: perderemos una ventaja moral y comercial en un mundo que clama por productos éticos y sostenibles.

No basta con decir que somos “referentes del cacao fino” mientras los productores abandonan sus fincas y los intermediarios se enriquecen. Si de verdad creemos en el potencial de nuestro campo, hay que actuar. Ahora.

El oro marrón aún tiene brillo, pero el tiempo se agota. O lo rescatamos con una política pública realmente eficiente o lo veremos convertido en un capítulo más del agro que dejamos morir.