Opinión

El mercado no eliminó el riesgo de la guerra en el Golfo; aprendió a convivir con él

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Por Alfredo de la Cruz

Hay algo profundamente revelador en la imagen de un enorme petrolero atravesando la noche con sus sistemas de identificación apagados. Navega cargado con millones de dólares en crudo, pero lo hace como si quisiera no ser visto. Su posición desaparece de los radares comerciales, su trayectoria se vuelve incierta y, en algún punto del recorrido, puede transferir su carga a otro buque para continuar el viaje.

Parece una anomalía. En realidad, empieza a convertirse en un síntoma. El mercado petrolero internacional está aprendiendo a convivir con la guerra.

Antes del conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán, el estrecho de Ormuz concentraba aproximadamente una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado transportado por vía marítima en el mundo. Por eso, cuando la guerra alteró los flujos energéticos del Golfo, la primera reacción fue casi instintiva: miedo a un shock de oferta, temor a una interrupción prolongada y la posibilidad de que los precios del crudo alcanzaran niveles capaces de contagiar al resto de la economía mundial.

Pero ocurrió algo que los mercados suelen hacer mejor que los gobiernos: adaptarse. Según Goldman Sachs, las exportaciones de petróleo y productos derivados desde el Golfo se han recuperado hasta unos 15-16 millones de barriles diarios, alrededor de dos tercios de los niveles anteriores a la guerra. En marzo, los flujos habían llegado a caer hasta apenas 5-6 millones de barriles diarios.

El dato importa, pero importa todavía más cómo se produjo la recuperación. Cuando una ruta se vuelve demasiado peligrosa, el comercio busca otra. Cuando la vigilancia aumenta, aparecen mecanismos para reducir la visibilidad. Y cuando un barco se convierte en un objetivo potencial, la carga puede cambiar de barco.

Así aparecen los llamados barcos oscuros: petroleros que apagan sus Sistemas de Identificación Automática, conocidos como AIS, y dejan de ofrecer al mundo una lectura transparente de su posición. También proliferan las transferencias “ship-to-ship”, mediante las cuales un buque entrega su carga a otro en alta mar.

El petróleo, en otras palabras, está desarrollando una suerte de circulación clandestina. Y aquí está la paradoja que debería preocuparnos: la capacidad de adaptación del mercado puede estar ocultando la magnitud real del riesgo.

El Brent llegó a superar los 120 dólares por barril en abril. Hoy ronda los 89. A primera vista, parece una señal de normalización. Pero quizá sea algo más inquietante: el mercado ya no está apostando a que el riesgo desaparezca; está incorporándolo a sus cálculos. Esa diferencia cambia completamente la lectura.

Un precio más bajo no necesariamente significa un mundo más seguro. Puede significar que los operadores han encontrado suficientes rutas, barcos, intermediarios y mecanismos logísticos para mantener el flujo. El problema es que ninguna de esas soluciones es infinita.

La vulnerabilidad puede desplazarse del petróleo hacia sus derivados. No basta con extraer crudo. Hay que refinarlo, transportarlo y distribuirlo. Diésel, gasolina y combustible para aviación pueden convertirse en el verdadero cuello de botella, particularmente si las importaciones asiáticas de productos refinados continúan debilitándose.

La crisis, entonces, podría no estar desapareciendo. Podría estar cambiando de lugar. Y eso es precisamente lo que hace tan peligrosa la aparente tranquilidad de los mercados. Estamos acostumbrándonos a una anomalía: petroleros que desaparecen de los sistemas de seguimiento, cargas que cambian de barco en medio del océano, rutas que se alteran y compañías que calculan permanentemente cuánto riesgo pueden asumir para mantener abierto el comercio.

La geopolítica está obligando a la economía a volverse más opaca. Durante décadas, la globalización construyó cadenas de suministro basadas en la eficiencia, la previsibilidad y la transparencia. La guerra está introduciendo otra lógica: redundancia, evasión, intermediación y supervivencia.

El mercado no está venciendo a la guerra. Está aprendiendo a funcionar dentro de ella. Y esa puede ser la conclusión más incómoda de todas. Porque mientras observamos el precio del Brent y celebramos que no haya alcanzado niveles catastróficos, deberíamos mirar también hacia el mar.

Allí, lejos de las pantallas financieras, siguen navegando los enormes tanqueros que sostienen buena parte del sistema energético mundial. Algunos llevan sus transpondedores apagados. No significa que el mercado haya recuperado la normalidad. Significa que la normalidad ha cambiado de definición.

El petróleo sigue saliendo del Golfo. Pero ahora lo hace entre sombras. Y mientras los barcos puedan seguir navegando en la oscuridad, el mercado conservará su calma. La pregunta verdaderamente importante no es cuánto petróleo queda. Es qué ocurrirá cuando la oscuridad deje de ser suficiente para protegerlo.