Opinión

El costo de la democracia es la tolerancia con paciencia

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Por: Luis Ma. Ruiz Pou

“La tolerancia con paciencia es el precio que paga el ciudadano por vivir en democracia

La democracia es una forma de organización política en la que el poder proviene del pueblo. No es un pacto de perfección, sino un contrato de resistencia. Su promesa no es la de gobiernos infalibles, sino la de ciudadanos capaces de esperar, protestar sin destruir, y votar sin vengarse. En ella, el poder no se impone: se concede. Y ese acto de concesión —renovable, revocable, pero nunca violento— exige una virtud que rara vez se celebra: la paciencia.

La democracia es una forma de organización política en la que el poder proviene del pueblo. Las decisiones colectivas se toman con participación, consentimiento o representación. Su principio rector es claro: el poder reside en los ciudadanos, quienes lo ejercen directamente o a través de representantes elegidos en elecciones libres y periódicas. Pero ese poder no es inmediato ni absoluto. Está mediado por reglas, tiempos, instituciones. Y por la tolerancia de quienes, aun decepcionados, eligen esperar.

 

Por contraste, la dictadura no tolera ni espera. Es una forma de gobierno en la que el poder se concentra en una sola persona o en un grupo reducido, sin consentimiento libre del pueblo ni mecanismos reales de control. No hay elecciones libres. No hay separación de poderes. Quien gobierna, controla el Ejecutivo, el Congreso y la Justicia. El disenso se castiga. La impaciencia se silencia. La protesta se reprime.

En democracia, los gobiernos se sostienen no por la fuerza, sino por la legitimidad. Su continuidad depende de su capacidad para gobernar con justicia, administrar los recursos del Estado, y cumplir con los servicios esenciales. Pero cuando fallan —cuando prometen y no cumplen, cuando legislan sin escuchar, cuando gobiernan sin servir— la ciudadanía no recurre al caos. Protesta, sí. Denuncia, sí. Pero espera. Porque sabe que su poder no está en la calle, sino en la urna.

Esa espera no es resignación. Es disciplina democrática. Es la convicción de que el cambio legítimo requiere tiempo, reglas, y votos. Es el precio que se paga por vivir en un sistema donde el poder puede equivocarse, pero no eternizarse. Donde el pueblo puede indignarse, pero no incendiarse.

La democracia cuesta. Y su costo no es solo institucional. Es emocional. Es ético. Es la paciencia de quienes creen que la justicia tarda, pero llega. Que el poder decepciona, pero se renueva. Que la protesta vale, pero no basta.

Por eso, el costo de la democracia no es la perfección. Es la tolerancia con paciencia. Y ese costo, aunque alto, es el único que garantiza que el poder siga siendo nuestro.

Conclusión

La democracia no se sostiene por milagro ni por magia: se sostiene por la madurez de un pueblo que, aun frustrado, no rompe las reglas que lo protegen. La paciencia no es cobardía, es coraje civil. Tolerar no es rendirse, es resistir sin destruir. 

En tiempos de promesas incumplidas y gobiernos mediocres, la tentación del caos es grande; pero ceder a ella, es regalarles a los autoritarios la excusa perfecta para volver. Por eso, en democracia, la protesta es legítima, pero la violencia es traición. Y la espera, aunque duela, es una forma de lucha. Porque solo quien sabe esperar, sabe gobernar. Y solo quien sabe tolerar con paciencia, merece decidir su destino.