El caso de Esmeralda Richiez sirve para algo más que para hacernos los más pulcros, muestra todo un número de vulnerabilidades que sufren menores y adolescentes que de una manera u otra y por razones muy distintas, terminamos ignorando a pesar de que los daños fruto de ellas creen un daño atroz.
Más allá de la violación como tal, las respuestas dejaron de entrever cómo piensa la sociedad, una que culpabilizó a la víctima y trivialiazó, justificó y normalizó el comportamiento del victimario, uno que se repite a lo largo y ancho del país con la justificación de que las víctimas provocan con su vestimenta y llevan una vida disoluta.
También, mostró a dónde a llegado la hipersexualización de niños y adolescentes, al punto de que menores y adultos cambian la percepción de lo que debe ser la vida y costumbres de ambos.
La falta de conciencia de padres que le faltan las herramientas para educar y para entender cuándo y cómo sus hijos están en peligro.
Las faltas de Estado, así en en plural cuando permite que la religión determine que enseñar o no a los menores y su apatía de cumplir con su rol de supervisor y rector del comportamiento adecuado.
Esto sucede todo los días, aunque con resultados menos definitivos y lo peor es que pasa sin pena ni gloria, si hubiese sobrevivido no pasa del susto y si el el maestro manejase dos pesos, le paga una “dote” a los padres y ahí queda.
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