@abrilpenaabreu
En tiempos de bonanza, muchas instituciones públicas pueden pasar inadvertidas, pero en tiempos de estrechez económica, inflación persistente y bolsillos agotados, hay organismos cuya ausencia se siente en cada mesa dominicana, uno de ellos es el Instituto de Estabilización de Precios, más conocido como Inespre.
El Inespre fue concebido con un propósito claro: servir de puente entre el productor y el consumidor, ayudar al campesino a colocar sus cosechas y, al mismo tiempo, garantizar que las familias dominicanas puedan acceder a alimentos básicos a precios razonables, no se trata de asistencialismo; se trata de equilibrio económico y seguridad alimentaria.
Durante gestiones anteriores, con mayor o menor efectividad, existían mecanismos visibles que acercaban estos productos a la gente, mercados populares programados en distintos sectores, calendarios de rutas para las unidades móviles que recorrían barrios y comunidades, así como operativos donde la población podía adquirir arroz, habichuelas, víveres, vegetales, carnes, huevos y otros productos esenciales a costos considerablemente más bajos que en el comercio tradicional.
Incluso, existió una modalidad que resultaba particularmente útil para la clase media trabajadora: acuerdos con supermercados para la venta de paquetes de productos básicos a precios especiales ciertos días de la semana. Una iniciativa práctica para quienes no tienen tiempo de asistir a un mercado popular ni permanecen en sus hogares cuando pasan los camiones de Inespre.
La pregunta es inevitable: ¿qué pasó con esos mecanismos?
Porque si hay un momento en que el Inespre debería estar más presente, es precisamente ahora, cuando el costo de vida aprieta, cuando las familias hacen malabares para rendir el salario, cuando llenar una nevera comienza a parecer un lujo para demasiados dominicanos.
No se trata de crear dependencia estatal ni de sustituir al mercado, se trata de intervenir inteligentemente para aliviar presiones económicas, evitar especulación y garantizar que los alimentos básicos no se conviertan en privilegios.
La clase más golpeada muchas veces no es la más pobre —que al menos puede acceder a ciertos subsidios— sino la clase media trabajadora, esa que paga impuestos, que no califica para ayudas sociales y que cada día siente cómo el dinero alcanza para menos.
El país necesita un Inespre activo, visible, eficiente y moderno, uno que comunique dónde estarán sus mercados populares, que reactive las rutas móviles con calendarios accesibles, que fortalezca alianzas con supermercados y plazas comerciales, y que vuelva a cumplir su misión esencial: proteger el poder adquisitivo de las familias dominicanas y respaldar al productor nacional.
Porque cuando el campo produce, pero la gente no puede comprar; cuando existen instituciones creadas para amortiguar las crisis, pero el ciudadano no las siente, la pregunta deja de ser política y se convierte en una necesidad nacional: ¿Dónde está el Inespre cuando más se necesita?



