Todas las grandes potencias han cometido atrocidades para sostener sus proyectos de poder. Lo que cambia no es la gravedad de sus actos, sino la manera en que la historia —y los medios— elige contarlos.
Rusia e Israel han estado en el centro de conflictos armados recientes. Ambos han sido acusados de crímenes de guerra. Pero mientras una potencia ha sido arrinconada, sancionada y condenada en bloque, la otra es blindada, defendida e incluso justificada. ¿Por qué?
I. El sacrificio olvidado de la URSS
Durante la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética perdió más de 26.6 millones de personas, una cifra que representa el 14% de su población total. Ningún otro país pagó un precio tan alto.
En el Frente Oriental, la URSS enfrentó a más del 75% del ejército alemán. La Batalla de Stalingrado (1942–1943) fue el punto de inflexión que quebró la ofensiva nazi. La Batalla de Kursk fue la mayor batalla de tanques de la historia y consolidó la retirada alemana del Este. Para cuando ocurrió el famoso Día D en Normandía, la URSS ya había obligado al Reich a retroceder más de 1,000 km.
Y sin embargo, fuera de sus fronteras, sus batallas no figuran en los libros escolares de Occidente, ni en los monumentos del heroísmo compartido. El relato global ha preferido enfocar el desenlace desde una mirada angloamericana, relegando a Rusia al papel de potencia sombría.
II. Israel y Rusia hoy: dos guerras, dos tratos
Ambas potencias han estado involucradas en guerras recientes:
Rusia invadió Ucrania en 2022. El mundo respondió con sanciones masivas, expulsión de foros internacionales, restricciones a medios rusos y bloqueos económicos sin precedentes. Israel, en sus operaciones sobre Gaza desde octubre de 2023, ha causado más de 60,000 muertes palestinas —la mayoría civiles, niños y mujeres— según Naciones Unidas. Sin embargo, EE.UU. y Europa han continuado financiando y defendiendo su accionar.
Los dos casos comparten elementos: invasión, ocupación, bombardeo indiscriminado, violaciones del derecho internacional. Pero el juicio moral ha sido radicalmente distinto.
III. ¿Por qué este doble rasero?
1. Aliados versus enemigos
Rusia es el “otro”. Un adversario geopolítico. Israel, en cambio, es un aliado estratégico de EE.UU. y Occidente, clave en inteligencia, tecnología y defensa.
2. Poder blando
Israel domina la narrativa global. Desde Hollywood hasta la diplomacia, ha sabido presentarse como víctima perpetua (Holocausto) y bastión democrático en Medio Oriente. Rusia, por el contrario, no ha logrado construir una imagen positiva fuera de su entorno.
3. Medios y narrativa
Mientras Rusia es demonizada, Israel es matizada. Se habla de “derecho a defenderse” aunque se bombardeen hospitales. Se ocultan cifras. Se relativiza el horror.
4. Intereses económicos y diplomáticos
Empresas tecnológicas, fondos de inversión, think tanks y gobiernos tienen vínculos profundos con Israel. En cambio, Rusia es fácil de aislar sin pagar altos costos económicos o reputacionales.
IV. ¿Quién cuenta la historia?
La historia no es neutra. Y mucho menos cuando la escriben los vencedores o quienes controlan los micrófonos. Hoy, como ayer, hay víctimas preferidas y victimarios tolerados.
Rusia ha sido verdugo, sí. Pero también ha sido escudo contra el nazismo. Israel ha sido víctima, sí. Pero también es hoy potencia ocupante, denunciada por crímenes de lesa humanidad. El problema no es negar los hechos, sino ver solo una parte y callar la otra.
La verdadera pregunta no es quién ha cometido más crímenes, sino quién tiene el privilegio de cometerlos sin consecuencias. La comparación entre Rusia e Israel nos obliga a mirar el conflicto más allá de las bombas y los titulares: hacia el poder que decide qué vidas importan, qué relatos se elevan y qué atrocidades se olvidan.



