Editorial

El país donde ya casi nadie cree en los partidos

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Hay un dato de la más reciente encuesta de ACD Media que debería preocupar a todo el sistema político dominicano, sin importar colores, ideologías o siglas: 55 % de los dominicanos asegura no simpatizar con ningún partido político.

Más de la mitad del país y no, esto no parece un accidente momentáneo. Tampoco una simple molestia pasajera.

Es una tendencia, se ve en esta encuesta. Se ve en otras mediciones. Se ve en la caída del entusiasmo político. Se ve en los niveles de abstención. Se ve en la escasa participación de jóvenes en estructuras partidarias, movimientos sociales y sindicatos. Y se siente, cada vez más, en la conversación cotidiana.

Muchos ciudadanos ya no creen en los partidos o peor aún: sienten que ninguno los representa., la regunta incómoda es inevitable: ¿cómo llegamos aquí?

La respuesta probablemente no sea una sola. Por un lado, durante años distintos sectores políticos, mediáticos y de activismo impulsaron un discurso antipartidario que terminó instalando una idea peligrosa: que toda política es mala, que todos los políticos son iguales y que los partidos son, por definición, espacios de corrupción, clientelismo o manipulación.

Y sí, algunas agendas —muchas veces bien intencionadas, otras claramente interesadas— terminaron alimentando un descreimiento generalizado hacia cualquier forma de organización política.

Pero sería irresponsable echarles toda la culpa, porque los propios partidos también hicieron mucho para llegar hasta aquí, promesas incumplidas, liderazgos cerrados, espacios controlados por grupos reducidos.

Juventudes utilizadas para llenar actividades, pero pocas veces escuchadas de verdad y Militantes que sienten que trabajan años enteros sin crecer políticamente mientras las decisiones importantes terminan concentradas en los mismos círculos de siempre.

Y una política que, en demasiadas ocasiones, parece más enfocada en la lucha interna por cuotas de poder que en resolver los problemas cotidianos de la gente, es resultado está ahí.

Cada vez vemos menos jóvenes haciendo política partidaria, menos jóvenes organizados en sindicatos, menos jóvenes en juntas de vecinos, mnos personas dispuestas a involucrarse activamente en causas colectivas.

Muchos prefieren comentar desde las redes, indignarse unos minutos o mantenerse al margen. Y aunque la frustración es entendible, hay una verdad incómoda que también merece decirse: una democracia sin partidos fuertes no necesariamente se vuelve mejor. Puede volverse más frágil.

Porque cuando la gente deja de creer en las instituciones políticas, suelen aparecer figuras mesiánicas, discursos extremos o soluciones simplistas que prometen arreglarlo todo de golpe.

La historia de América Latina está llena de ejemplos, criticar a los partidos es válido, exigirles más también.

Pero destruir la confianza en toda forma de organización política tiene consecuencias, porque nos guste o no, las democracias modernas no funcionan sin estructuras capaces de organizar ideas, liderazgos y consensos.

El problema no es solo que los ciudadanos estén cansados de los partidos, el problema es que los partidos parecen haber olvidado cómo enamorar otra vez a la ciudadanía, especialmente a los jóvenes.

Y quizás ahí esté una de las preguntas más urgentes de nuestro tiempo: ¿Qué pasa con una democracia cuando sus nuevas generaciones dejan de creer en ella?