Efemérides

Día Mundial del Sida: lo que aún no queremos ver

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Por Abril Peña

Cada 1 de diciembre el mundo vuelve la mirada hacia el VIH/sida. Se encienden luces rojas, se comparten mensajes de solidaridad y se recuerdan los avances médicos que han convertido una enfermedad que antes era una sentencia de muerte en una condición crónica manejable. Sin embargo, detrás de los discursos y los actos conmemorativos, permanece una realidad incómoda: no hemos hecho todo lo necesario para detener la epidemia, ni globalmente, ni en República Dominicana.

La brecha entre los avances científicos y el comportamiento social es, quizás, el mayor desafío. Hoy una persona con VIH puede vivir una vida plena, con esperanza de vida similar a la población general si tiene acceso a tratamiento temprano y constante. Pero esa verdad nunca ha sido el problema. El problema sigue siendo el estigma.

En nuestro país, el VIH se vive muchas veces en silencio: en consultas escondidas, en familias que ocultan el diagnóstico por miedo al rechazo, en jóvenes que siguen desinformados y adultos que aún creen que “eso le pasa a otros”. Y es precisamente esa mezcla de prejuicio y desinformación lo que alimenta las nuevas infecciones. Cuando hablar de sexualidad sigue siendo tabú y la educación afectivo-sexual avanza a tropezones, el costo siempre cae sobre los más vulnerables.

República Dominicana ha tenido avances importantes en el acceso a medicamentos antirretrovirales y en la reducción de la transmisión maternoinfantil. Pero también arrastra deudas: tasas de infección concentradas en poblaciones clave, brechas de acceso según territorio y nivel socioeconómico, y un sistema de salud que todavía falla en identificar tempranamente a quienes viven con el virus.

El Día Mundial del Sida no puede seguir siendo un ritual simbólico. Debe ser una llamada de atención para revisar lo que estamos haciendo —y lo que no— en prevención, educación, vigilancia epidemiológica y políticas públicas. Porque si algo demuestran las cifras globales es que los países que combinan prevención real, educación sin prejuicios y acceso universal al tratamiento son los que han logrado reducir de manera contundente la epidemia.

Mientras tanto, en nuestra realidad cotidiana, el estigma continúa matando más que el virus. Mata oportunidades, mata el derecho a vivir sin miedo, mata la voluntad de hacerse la prueba o de recibir tratamiento. Y cuando el silencio se impone, el VIH sigue avanzando.

Este 1 de diciembre debe recordarnos que la ciencia ya hizo su parte: transformó el sida en una enfermedad tratable y nos dio herramientas para evitar nuevas infecciones. Ahora nos toca a nosotros. Nos toca educar, prevenir, acompañar y romper prejuicios que no tienen cabida en el siglo XXI. Nos toca exigir políticas públicas más inclusivas, sostenidas y basadas en evidencia. Y nos toca, sobre todo, mirar de frente una realidad que no desaparece solo porque dejemos de hablar de ella.

El Día Mundial del Sida no es solo una efeméride. Es un recordatorio de que, en pleno 2025, el verdadero enemigo ya no es el virus, es la indiferencia.