ElPregoneroRD- Cada 14 de noviembre el mundo conmemora el Día Mundial de la Diabetes, una fecha que busca llamar la atención sobre una enfermedad que ya no es solo un desafío clínico, sino una de las amenazas más grandes para la salud pública global. Según la Federación Internacional de la Diabetes, más de 600 millones de personas viven actualmente con esta condición, y se estima que esa cifra seguirá aumentando si no se toman medidas profundas y sostenidas.
En República Dominicana, los especialistas calculan que más de un millón de personas padecen diabetes, muchas de ellas sin diagnóstico. Esto significa que miles de dominicanos viven con una enfermedad que, detectada a tiempo, puede controlarse, pero que en silencio daña órganos vitales y compromete la calidad de vida.
La particularidad de la diabetes es que no solo afecta la salud; tiene impacto económico directo en los hogares. Tratamientos costosos, medicinas permanentes, visitas frecuentes al médico y complicaciones que pueden derivar en hospitalizaciones, problemas cardiovasculares, pérdida de visión, daños renales e incluso amputaciones. Para una familia promedio, esto se traduce en un gasto que desestabiliza cualquier presupuesto.
Pero detrás de las cifras hay una realidad incómoda: la diabetes es, en gran parte, prevenible. Y sin embargo, como país, seguimos repitiendo cada año el mismo ciclo de campañas simbólicas mientras la enfermedad avanza más rápido que nuestras políticas públicas.
La dieta dominicana —rica en panes, harinas, bebidas azucaradas, frituras y carbohidratos de bajo valor nutricional— constituye un caldo de cultivo perfecto para su desarrollo. A esto se suman altos niveles de sedentarismo, estrés laboral, falta de educación alimentaria y escasa cultura de chequeos preventivos. La informalidad laboral, además, dificulta que millones de personas tengan acceso continuo a monitoreo médico y a programas de prevención.
Frente a este panorama, la pregunta obligada es:
¿qué estamos haciendo, más allá de recordarlo cada 14 de noviembre?
El país necesita una política real de prevención, no acciones aisladas. Esto implica regular la publicidad de alimentos ultraprocesados dirigida a niños, aplicar impuestos que desincentiven el exceso de azúcar, garantizar la presencia de nutricionistas en las escuelas, promover entornos urbanos que faciliten la actividad física, y ofrecer información clara y continua a la ciudadanía.
También se requiere reforzar el primer nivel de atención con educación, seguimiento y acompañamiento constante a los pacientes, especialmente en zonas vulnerables donde la enfermedad avanza sin que nadie la registre.
La diabetes no aparece de un día para otro. Se construye poco a poco, como resultado de hábitos alimentarios, estilos de vida y falta de prevención. Y del mismo modo, su reducción solo es posible con acciones constantes, coherentes y sostenidas.
En este Día Mundial de la Diabetes, más que discursos, el país necesita reconocer una verdad ineludible: la diabetes es una epidemia predecible y controlable, pero solo si actuamos con la misma rapidez con que avanza. De lo contrario, seguiremos lamentando los efectos de una enfermedad que hace décadas dejó de ser inevitable para convertirse en el reflejo más claro de nuestras fallidas prioridades de salud pública.



