Por Abril Peña
ElPregoneroRD- La abolición de la esclavitud no es solo una fecha en el calendario. Es una herida abierta, una deuda histórica y una brújula moral que todavía nos señala todo lo que falta por cambiar. Cada vez que llega este día —que recuerda el decreto del 22 de diciembre de 1822 que puso fin a la esclavitud en el territorio que hoy es República Dominicana— deberíamos detenernos a mirar con honestidad la historia que heredamos y el país que seguimos construyendo.
Porque la abolición no fue un acto simbólico, sino una transformación radical. Llegó de la mano del gobierno haitiano encabezado por Jean Pierre Boyer, en un contexto continental donde la esclavitud era defendida como un sistema económico legítimo. Fue un cambio que encontró resistencias, tensiones sociales y temores en sectores que durante siglos habían considerado “normal” poseer a otros seres humanos. Ese choque con la realidad es precisamente lo que convierte esta fecha en una de las más importantes de nuestra historia social: su fuerza disruptiva.
Hoy, dos siglos después, nadie discute que la esclavitud fue un crimen de lesa humanidad. Pero lo que sí todavía nos cuesta aceptar es el eco de ese pasado en nuestras prácticas contemporáneas. Nos incomoda reconocer que, aunque ya no existan cadenas de hierro ni mercados de personas, sí persisten formas de explotación que desdicen la promesa de libertad. Persisten el trabajo infantil, los salarios de miseria, el abuso laboral, y las condiciones indignas en sectores donde la vulnerabilidad se aprovecha como mecanismo para obtener mano de obra barata. Y persiste también la discriminación racial, más sofisticada, más silenciosa, pero igual de dañina.
Recordar la abolición es preguntarnos qué significa realmente ser libres en un país donde miles de personas aún trabajan sin derechos; donde la pobreza condiciona decisiones; donde la movilidad social es una aspiración más que una posibilidad real; y donde algunos cuerpos siguen experimentando la vida con menos dignidad que otros.
No se trata de reescribir la historia ni de romantizarla. Se trata de entender que la libertad no se decreta: se construye. La abolición del 1822 fue el punto de partida, no la meta. Fue la puerta que se abrió, pero las estructuras que sostenían la desigualdad siguieron vivas y, en muchas formas, todavía lo están.
Hoy más que nunca —en un mundo tenso, desigual y profundamente polarizado— la conmemoración del fin de la esclavitud debe servirnos como un recordatorio incómodo pero necesario: la libertad exige vigilancia, valentía y memoria. Porque un país que olvida su pasado se condena a repetirlo; y un país que se niega a examinar sus desigualdades jamás podrá llamarse verdaderamente libre.
En este Día de la Abolición de la Esclavitud, más que celebrar, deberíamos reflexionar. Más que repetir la fecha, deberíamos preguntarnos qué estamos haciendo para que la libertad deje de ser un privilegio y se convierta, por fin, en un derecho pleno para todos.










