Opinión

“Desestabilizar para reinar: la agenda oculta de los enemigos de la ADP

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Al final, la verdad se impone, y los maestros conscientes de su rol histórico no entregarán su única herramienta de defensa a quienes han decidido actuar como mercenarios.

Por Carlo Lara

En toda organización democrática, la crítica es necesaria. Pero no toda crítica construye. Existe una línea delgada y peligrosa entre el cuestionamiento responsable y la desestabilización deliberada.

Cuando los argumentos desaparecen y son sustituidos por ataques, rumores y manipulación, ya no estamos ante una disidencia: estamos frente a una estrategia.
En el caso de la Asociación Dominicana de Profesores (ADP), el gremio más importante del sistema educativo nacional, esta distinción es vital. Las críticas sustentadas, canalizadas por vías institucionales y enfocadas en mejorar, fortalecen su estructura y elevan su rol como garante de los derechos del magisterio. Sin embargo, lo que hoy se observa en ciertos sectores dista mucho de ese ideal.

Un grupo reducido, pero ruidoso, ha optado por convertir la crítica en un arma de desgaste. No construyen, erosionan. Operan como mercenarios del magisterio: actores que, movidos por intereses políticos y agendas externas, han asumido la tarea de desacreditar, dividir y debilitar la cohesión interna del sindicato.

Su método no es nuevo, campañas de desinformación, manipulación emocional en redes sociales, acusaciones sin pruebas y una narrativa constante de descrédito contra la dirigencia. Bajo la sombra de intereses que trascienden el propio gremio, ejecutan un “trabajo sucio” que convierte la posverdad en herramienta política.

La pregunta no es si debe existir la crítica dentro de la ADP. Claro que debe existir. Es necesaria, legítima y saludable. El verdadero problema surge cuando esa crítica deja de ser un instrumento y se transforma en una estrategia sistemática de destrucción interna. En ese punto, el término correcto no es crítico: es mercenario.

Atacar sin fundamentos al Comité Ejecutivo Nacional, generalizar acusaciones y sembrar desconfianza entre los propios docentes no fortalece al gremio, lo debilita. Y un gremio débil no solo pierde capacidad de negociación: pierde su razón de ser como escudo colectivo de miles de maestros y maestras del sistema público dominicano.

A esos actores les conviene la división. Su lógica es clara: dividir para vencer. Pero en su cálculo hay un error fundamental. Subestiman la inteligencia del magisterio. Los docentes saben distinguir entre la crítica honesta y la manipulación interesada. Saben quién aporta y quién destruye.

Es momento de hacer un llamado firme: cuando las ambiciones personales pesan más que la causa colectiva, las organizaciones colapsan. Y cuando un gremio como la ADP se debilita, no es solo el sindicato el que pierde; pierde todo el sistema educativo nacional.

La advertencia está hecha: persistir en el descrédito no conducirá al poder, sino al fracaso. Porque al final, la verdad se impone, y los maestros conscientes de su rol histórico no entregarán su única herramienta de defensa a quienes han decidido actuar como mercenarios.