Por Haivanjoe Ng Cortiñas
En el escenario de la política democrática, la oposición está llamada a desempeñar un rol constitucional y estratégico fundamental: fiscalizar la gestión pública, señalar los desvíos del poder ejecutivo y articular una alternativa viable de gobierno. Sin embargo, en la dinámica contemporánea de la República Dominicana, asistimos a un fenómeno tan paradójico como paralizante: la existencia de una oposición que gasta tanta o más energía en combatir a sus pares opositores que en confrontar a la administración de turno.
Cuando la fuerza política que debe hacer contrapeso al Estado se convierte en oposición del gobierno y, simultáneamente, en oposición de sí misma y de sus pares, el sistema de partidos entra en un proceso de desgaste donde el único beneficiario neto es el partido de gobierno.
Fragmentación opositora vs. Cohesión oficialista
El primer gran hito de este fenómeno se observa en la asimetría de la cohesión. Mientras el gobierno utiliza los recursos institucionales, la narrativa oficial y la caja del Estado para mantener disciplinadas a sus filas y proyectar una imagen de estabilidad, las fuerzas de oposición se atomizan.
El oficialismo actúa como un bloque único; la oposición, como un archipiélago de intereses disímiles. Esta dispersión no solo debilita la contundencia de las denuncias sobre la ejecutoria gubernamental, sino que desgasta la credibilidad del bloque opositor ante la ciudadanía, que percibe la falta de un rumbo común.
El parón estratégico: una oposición que se frena a sí misma
Al enfocar parte de las baterías hacia el competidor más cercano en su propia acera política, la oposición sufre un parón estratégico. En lugar de desgastar la gestión del gobierno, el debate público dentro de la oposición se reduce a acusaciones mutuas, reproches de pactos pasados y disputas por el liderazgo.
Este freno autoinfligido le resta capacidad de respuesta coyuntural. Cuando el gobierno comete un error de política pública o enfrenta una crisis de gestión, la respuesta opositora suele ser difusa, tardía o fragmentada, perdiendo el impacto político que tendría una acción coordinada.
Pugna por espacios, egos y la segmentación interna de liderazgos
Uno de los rasgos más reveladores de la política dominicana actual es que la división dentro de la oposición no responde a profundas discrepancias doctrinales o ideológicas. No hay un debate de fondo entre modelos económicos o visiones divergentes del rol del Estado. La fractura es esencialmente por espacios de poder, personalismos y choques de egos.
Esta dinámica se profundiza por la segmentación de liderazgos y la multiplicación de aspiraciones personales dentro de las propias estructuras partidarias. Cuando las facciones o grupos priorizan la disputa por el control interno o la candidatura sobre la consolidación de la marca partidaria, el potencial de la organización se frena desde sus entrañas. La energía que debió destinarse a fiscalizar al gobierno se consume en luchas fratricidas por la hegemonía del relato, debilitando a los candidatos resultantes antes de llegar a la contienda general.
La alianza como ensayo de vocación de Estado y gobernabilidad
La capacidad de pactar antes de llegar al poder es la prueba ácida de la madurez de cualquier fuerza que aspire a dirigir el país. Los partidos de Estado no solo se preparan para ganar elecciones, sino para gobernar; y en una sociedad diversa y compleja, gobernar exige capacidad de concertación, arbitraje y construcción de consensos.
Una oposición incapaz de articular alianzas electorales sólidas envía un mensaje inquietante al electorado y a los sectores productivos: si no pueden ponerse de acuerdo entre pares para presentar una propuesta unificada, mucho menos tendrán la templanza y visión para unificar a la nación en torno a un plan de desarrollo de largo plazo. La alianza preelectoral no es solo un instrumento pragmático de suma de votos; es la demostración previa de que se posee la madurez institucional necesaria para garantizar la gobernabilidad democrática desde el Estado.
La necesidad de la aritmética electoral sobre la simpatía personal
En la política práctica, y especialmente bajo las reglas del sistema electoral dominicano (con la exigencia del 50% + 1 en el nivel presidencial y el método D’Hondt en los niveles plurinominales), las alianzas no se construyen sobre la base de afectos o afinidades personales, sino sobre la rigurosidad de la aritmética electoral.
La división en las urnas castiga con dureza a los partidos fragmentados y premia la concentración del voto. Mientras la oposición siga priorizando la pugna interna por el segundo lugar sobre la construcción de mayorías aritméticas reales, el oficialismo podría retener el poder -especialmente si no terminan siendo víctimas de grupos luchando por el control interno-, no necesariamente por sus propios méritos, sino por la incapacidad de sus rivales para sumar votos.
Conclusión
Una oposición dividida contra sí misma es el mejor aliado de cualquier gobierno. Para volver a ser una opción real de poder, las fuerzas opositoras deben comprender que el verdadero rival político despacha desde el Palacio Nacional y no desde el local del partido vecino. Hasta que la aritmética, la vocación de partito de Estado y la responsabilidad histórica no se impongan sobre los egos y la disputa de espacios, la oposición podría continuar enredada en su propia trampa: ser oposición del gobierno, pero, sobre todo, oposición de la misma oposición.



