Editorial

Cuando el sistema también golpea

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Por Abril Peña

Una bebé de apenas un mes de nacida lucha por su vida en una unidad médica del Hospital Infantil Robert Reid Cabral. Tiene el cráneo fracturado, lesiones internas, anemia severa y múltiples fracturas en hombros, costillas y brazos. La golpeó su madre. Pero antes que ella, la golpeó el sistema.

Porque esta historia no empieza en la sala de emergencias, sino en un tribunal. El padre de la menor, Jonathan Brito, había advertido que su hija corría peligro. Denunció maltrato. Fue ante el Tribunal de Niños, Niñas y Adolescentes de El Seibo. ¿La respuesta? Le devolvieron la niña a su agresora. Sin condiciones. Sin evaluación. Sin seguimiento. Hoy esa bebé —víctima dos veces— está al borde de la muerte.

Este no es un caso aislado. Es una muestra dolorosa de una inoperancia institucional que repite sus errores con distintas caras, pero con el mismo final trágico. ¿Cuántos padres han sido ignorados cuando intentan proteger a sus hijos? ¿Cuántas madres han advertido sobre peligros que el sistema minimizó… hasta que fue demasiado tarde?

Lo vimos también con el caso de aquel padre que, tras ganar la custodia compartida pese a las advertencias de la madre, envenenó a sus hijas el primer fin de semana que las tuvo a su cargo. Nadie fue sancionado. Nadie pidió disculpas. Porque cuando el sistema falla, parece que nadie responde. Y nadie paga.

¿Dónde están las consecuencias para los jueces que devuelven a un niño a un entorno peligroso sin evaluar el riesgo? ¿Dónde están las sanciones para los funcionarios públicos que ignoran las señales de alarma? No están. Porque la impunidad también se viste de toga y despacho.

Y sí, la madre debe pagar. Debe hacerlo con un castigo ejemplar. Porque no hay maternidad que excuse la violencia, ni hay dolor personal que justifique el uso de un bebé como instrumento de chantaje o rabia. Pero si solo nos quedamos en esa condena fácil, dejamos intacto el engranaje que permite que estos horrores sigan ocurriendo.

El sistema judicial dominicano necesita una revisión profunda de sus sesgos de género, de sus rutinas insensibles, y de su incapacidad de actuar con perspectiva infantil real. Porque ni todos los padres son agresores, ni todas las madres son protectoras. Cada caso debe analizarse con objetividad, sin prejuicios ideológicos, sin automatismos, sin miedo.

Mientras tanto, la bebé sigue en una cama de hospital. No puede hablar, pero su cuerpo ya cuenta una historia que debería avergonzarnos a todos.

Y la pregunta sigue siendo la misma: ¿quién la protegió?