Por Frank Hernández
La guerra está lejos de República Dominicana, pero sus efectos pueden llegar mucho más rápido de lo que tarda un barco petrolero en atravesar el océano.
En un mundo globalizado, una explosión en Medio Oriente puede convertirse en un aumento del petróleo; el encarecimiento del petróleo puede elevar el costo de los combustibles; los combustibles pueden presionar el transporte, la generación eléctrica, la producción industrial y los alimentos, y finalmente el consumidor termina pagando parte de una crisis que comenzó a miles de kilómetros de distancia.
Ese es uno de los grandes desafíos que enfrenta actualmente la República Dominicana ante la escalada del conflicto entre Estados Unidos e Irán y las perturbaciones que ha provocado en los mercados internacionales de energía.
El problema dominicano no consiste únicamente en cuánto cuesta el barril de petróleo. La verdadera pregunta es qué tan vulnerable es una economía que necesita importar enormes cantidades de combustibles para sostener su transporte, su producción y una parte importante de su generación eléctrica.
El petróleo como punto de partida
La energía constituye una de las principales puertas de entrada de los conflictos internacionales a la economía dominicana.
Los datos de comercio exterior muestran la magnitud del problema. Entre enero y abril de 2026, las importaciones nacionales de combustibles alcanzaron US$1,863.6 millones, equivalentes al 22.3 % de todas las importaciones nacionales. Es decir, más de uno de cada cinco dólares destinados a las importaciones nacionales estuvo relacionado con combustibles.
Esto significa que cuando el mercado internacional del petróleo y sus derivados experimenta una alteración importante, República Dominicana no permanece aislada.
La dependencia energética convierte al país en receptor de los movimientos de un mercado internacional sobre el cual no tiene capacidad para fijar los precios.
Irán, Estados Unidos y el estrecho de Ormuz
Para comprender la dimensión del problema hay que mirar hacia el estrecho de Ormuz.
Esta estrecha vía marítima conecta el golfo Pérsico con el golfo de Omán y constituye una de las rutas fundamentales para el comercio mundial de energía.
La crisis de 2026 ha reducido de manera considerable el tránsito energético por esa zona. La Administración de Información Energética de Estados Unidos señaló que las interrupciones en el estrecho contribuyeron a una elevada volatilidad del petróleo durante el segundo trimestre de 2026. El Brent llegó a alcanzar los 118 dólares por barril el 29 de abril, antes de descender posteriormente.
El dato revela algo fundamental: la guerra no necesita llegar al territorio dominicano para tener consecuencias económicas en Santo Domingo, Santiago, La Vega, San Pedro de Macorís o cualquier otra ciudad del país.
Basta con que altere la oferta mundial, encarezca el transporte marítimo o aumente el riesgo asociado al suministro.
La energía eléctrica también entra en la ecuación
Aquí aparece una segunda dimensión de la crisis.
La República Dominicana ha venido aumentando su capacidad de generación y diversificando las fuentes utilizadas por el sistema eléctrico. Los informes oficiales del Ministerio de Energía y Minas muestran que durante enero-junio de 2026 el Sistema Eléctrico Nacional Interconectado recibió 11,678.7 GWh, 530.9 GWh más que en igual período del año anterior.
Pero aumentar la generación no significa eliminar la exposición internacional.
El sistema eléctrico dominicano utiliza una combinación de gas natural, carbón, derivados del petróleo, agua, viento, sol y otras fuentes. Por eso, la seguridad energética no depende solamente de producir más electricidad, sino también de garantizar que los combustibles necesarios para determinadas plantas puedan llegar al país a precios razonables.
El gas natural adquiere especial importancia.
República Dominicana ha ampliado su infraestructura para recibir gas natural licuado. La EIA estadounidense señala que el país cuenta actualmente con dos terminales de regasificación en operación, Andrés y Manzanillo.
Además, el país ha incrementado su vinculación con el mercado estadounidense de gas natural licuado.
Esto representa una ventaja en términos de diversificación, pero también demuestra que la seguridad energética dominicana está íntimamente relacionada con las rutas internacionales de suministro y con los precios mundiales de la energía.
Cuando el mundo entra en guerra, el mercado cambia
Una guerra puede afectar la energía por varias vías.
La primera es la interrupción física de la producción.
La segunda es el riesgo de que una ruta marítima estratégica quede limitada.
La tercera es el aumento de los seguros de transporte.
La cuarta es el incremento de los costos de los fletes.
La quinta es la especulación financiera alrededor del precio futuro del petróleo.
Y existe una sexta consecuencia: los países comienzan a competir por las mismas cargas de petróleo, gas y derivados disponibles en el mercado internacional.
Por eso una crisis localizada puede convertirse rápidamente en una crisis mundial.
La CEPAL ha advertido precisamente sobre este mecanismo. En su análisis de 2026 señala que las hostilidades iniciadas el 28 de febrero y la interrupción de los flujos por el estrecho de Ormuz generan múltiples canales de transmisión hacia América Latina y el Caribe.
Para el escenario base analizado por el organismo, con precios del petróleo 25 % superiores a los de 2025, el impacto sobre la balanza comercial sería negativo para el grupo integrado por Centroamérica, Haití y República Dominicana.
El impacto llega a la economía cotidiana
El ciudadano común puede preguntarse qué tiene que ver una confrontación entre Estados Unidos e Irán con el precio de una libra de arroz, un pasaje de autobús o una factura eléctrica.
La respuesta está en la cadena de costos.
El combustible mueve los camiones que transportan alimentos.
El combustible mueve los vehículos de pasajeros.
El combustible interviene directa o indirectamente en la producción agrícola.
La energía mueve las industrias.
Los combustibles y el gas participan en distintos procesos productivos.
Y el transporte marítimo lleva hasta los puertos dominicanos buena parte de los bienes que consume la economía.
Por eso, cuando sube el costo energético internacional, la presión puede trasladarse progresivamente hacia otros sectores.
La propia prensa económica dominicana ha señalado que los combustibles constituyen el principal grupo dentro de las importaciones nacionales y que las variaciones internacionales del petróleo, los alimentos y el transporte marítimo pueden trasladarse a los costos internos.
La vulnerabilidad dominicana
El gran debate, por tanto, no debería limitarse a determinar cuánto subirá o bajará el petróleo durante una determinada semana.
La discusión de fondo es otra.
¿Cuánta energía necesita República Dominicana para funcionar?
¿Cuánto de esa energía depende del exterior?
¿Cuánto dinero se destina anualmente a comprar combustibles?
¿Qué capacidad tiene el Estado para absorber aumentos repentinos?
¿Cuánto puede soportar el consumidor?
Y, sobre todo, ¿qué tan preparada está la nación para una crisis energética internacional prolongada?
Los datos muestran que el país ha avanzado en generación eléctrica, infraestructura de gas natural y energías renovables. Pero la elevada factura de combustibles demuestra que todavía existe una exposición considerable a los mercados internacionales.
La energía renovable como asunto de seguridad nacional
Durante muchos años las energías renovables fueron presentadas principalmente como una cuestión ambiental.
Hoy el concepto comienza a adquirir otra dimensión: seguridad nacional.
Cada megavatio producido con sol, viento o agua representa, en determinadas circunstancias, una menor necesidad de importar combustibles.
Eso no significa que las energías renovables puedan sustituir inmediatamente todas las demás fuentes. Tampoco significa que una economía pueda funcionar sin combustibles fósiles de un día para otro.
Significa que diversificar la matriz energética puede reducir la vulnerabilidad frente a crisis externas.
Una guerra en Medio Oriente puede ser una tragedia humana y geopolítica para los países directamente involucrados, pero también constituye una advertencia para las naciones que dependen de los mercados internacionales de energía.
La lección dominicana
La República Dominicana no puede decidir cuándo comienza una guerra en Medio Oriente ni controlar el precio internacional del petróleo.
Pero sí puede decidir cuánto reduce su vulnerabilidad, puede invertir en generación renovable, fortalecer las redes de transmisión y distribución, mejorar el almacenamiento energético, aumentar la eficiencia del sistema y diversificar sus fuentes de abastecimiento.
Y puede impulsar una política energética que no dependa exclusivamente de lo que suceda en los grandes centros de producción mundial.
El verdadero desafío
La crisis de Irán y Estados Unidos deja una lección que trasciende la coyuntura militar.
En el siglo XXI, la seguridad energética forma parte de la seguridad económica.
Un país puede encontrarse a miles de kilómetros de una guerra y, sin embargo, sentirla en el precio de los combustibles, en el transporte, en los alimentos, en las industrias y en las cuentas de las empresas.
La guerra puede estar en el Medio Oriente.
El estrecho de Ormuz puede estar a miles de kilómetros.
Los misiles pueden caer sobre otra nación.
Pero el precio de la energía puede terminar llegando a las estaciones de combustibles dominicanas.
Por eso, más que preguntarnos solamente cuánto durará el conflicto entre Estados Unidos e Irán, República Dominicana debería preguntarse cuánto tiempo puede resistir su economía ante una nueva sacudida energética internacional.
Porque la verdadera independencia energética de una nación no consiste únicamente en producir electricidad.
Consiste en tener la capacidad de mantener funcionando su economía cuando el mundo entra en crisis.



