@abrilpenaabreu
Ciudad Juan Bosch nació como un modelo a seguir: una ciudad planificada, con viviendas asequibles, infraestructura digna y la promesa de tranquilidad para miles de familias dominicanas. Pero hoy, apenas una década después, se ha convertido en un retrato doloroso del abandono institucional.
Lo que debía ser un oasis urbano ahora es sinónimo de colapso: agua contaminada, electricidad inestable, transporte ineficiente, basura acumulada, servicios de salud precarios y obras públicas paralizadas. ¿Qué puede sentir una familia que, con esfuerzo, decidió mudarse para mejorar su calidad de vida y ahora vive un viacrucis cotidiano?
Estos casos ayudan a explicar por qué tantos dominicanos prefieren seguir hacinados en el centro de la ciudad, en barrios sin espacios, sin parqueos, incluso en condiciones insalubres. Porque cuando se les ofrece una alternativa supuestamente “mejor”, la realidad termina siendo peor. No es solo que se vive lejos, es que se vive con miedo, frustración y carencias.
En República Dominicana hay una tendencia preocupante: no se da seguimiento a los proyectos iniciados en gestiones anteriores. Y si bien eso es un error en cualquier sector, en temas tan sensibles como la vivienda y los servicios básicos, se vuelve inhumano.
¿Qué mensaje se envía con este abandono? Que si no tienes recursos, ni siquiera el sueño de una casa digna te pertenece. Que las soluciones de vivienda popular solo sirven mientras se cortan cintas y se toman fotos.
Pero si de verdad queremos descongestionar nuestras grandes urbes, necesitamos algo más que construcciones: necesitamos voluntad política, mantenimiento, planificación y respeto por las comunidades.
Ciudad Juan Bosch es un espejo roto del modelo de desarrollo que estamos replicando. Un modelo que aparenta modernidad pero se desmorona por dentro, porque falta lo más importante: compromiso con la gente.



