@abrilpenaabreu
El mar lo volvió a hacer: tragarse dominicanos que salieron con la esperanza rota. En el más reciente viaje ilegal, aún hay más de 30 personas desaparecidas. No es un naufragio cualquiera, es un grito colectivo: no aguantamos más. Quien se monta en una yola sabiendo que puede morir, ya se despidió del país en el alma mucho antes de subir a bordo.
Las autoridades dominicanas han contabilizado 236 muertos en viajes ilegales en los últimos cinco años. Pero los que logran cruzar, aunque no ocupen titulares, también son parte del drama. Son padres que no verán crecer a sus hijos, madres que se arriesgan a morir ahogadas para poder enviar remesas. Son profesionales, jóvenes valiosos, gente con sueños que no encontraron tierra fértil aquí.
Paradójicamente, vivimos en un país con uno de los crecimientos económicos más altos de América Latina. Y sin embargo, el ciudadano de a pie no lo siente. El alto costo de la vida, la informalidad laboral, la desigualdad persistente y la falta de oportunidades tangibles hacen que miles prefieran jugarse la vida en mar abierto antes que seguir intentándolo en tierra firme.
Más de 2.8 millones de dominicanos viven fuera del país. Es decir, una cuarta parte de nuestra población ha decidido que estar lejos —a veces incluso ilegalmente— es mejor que seguir aquí. ¿Cuánto talento estamos perdiendo? ¿Cuántos cerebros que podrían estar creando, innovando, educando, están ahora limpiando baños en Nueva York o cargando cajas en Puerto Rico?
La migración no es el problema. El problema es que muchos sienten que irse es la única solución.
Y es que emigrar no es una pera en dulce. Es separarse de la familia, vivir en la incertidumbre, soportar discriminación y, en muchos casos, exponerse a la muerte. Y aun así, lo prefieren. Eso debería decirnos mucho.
En algún momento este país tendrá que hacer un mea culpa serio y colectivo. Dejar de ver los viajes ilegales como casos aislados o culpa del “coyote de turno”, y entenderlos como la consecuencia directa de un sistema que no está funcionando para todos. Si seguimos ignorando las grietas, seguiremos contando cadáveres en las costas.
Hoy no basta con crecer. Hay que distribuir ese crecimiento, crear oportunidades reales, invertir en la gente, recuperar la esperanza. Porque un país que pierde a su gente, pierde más que cifras: pierde su futuro.



