Si algo quedó claro este fin de semana es que hay instituciones que parecen haber agotado su ciclo de trabajo.
El COE y la Onamet anunciaron lluvias intensas desde jueves a viernes, activaron alertas amarillas en varias provincias y hasta incluyeron el Distrito Nacional… pero el agua nunca apareció como se esperaba.
Mientras tanto, miles de personas suspendieron actividades económicas, encuentros culturales, actos religiosos y agendas políticas por temor a un panorama que no se materializó. El costo no fue solo de tiempo, también de dinero y credibilidad.
Cuando las alertas se convierten en exageración constante, la población deja de creer. Y cuando la gente deja de creer, el verdadero peligro comienza.
Quizás su renuncia sería el retiro más aceptable. Hay momentos en que marcharse con dignidad vale más que quedarse deteriorando instituciones que deberían inspirar respeto y confianza.
Porque una cosa es prevenir… y otra muy distinta es alarmar sin resultados.



