Por Abril Peña
A veces, en el afán de poner orden, olvidamos que las formas también importan. Es cierto que las zonas turísticas suelen operar bajo normas más flexibles, pero en un país donde casi todo gira en torno al turismo, hay que ser especialmente cuidadosos para no seguir dividiendo una sociedad que ya de por sí está profundamente fracturada.
El exceso de celo, cuando no se aplica con equilibrio, puede terminar generando más resentimiento social del que ya existe. Porque no se trata solo de normas, sino de percepciones. Y es difícil no ver con incomodidad cómo, mientras en algunas barriadas se prohibía incluso encender un radio, en villas turísticas de La Romana, Cap Cana o Punta Cana, la música y la fiesta eran parte del paisaje, sin mayores restricciones.
¿Valen más unos ciudadanos que otros? ¿Es que hay derechos que se activan o se suspenden según el código postal o el color de una tarjeta?
El desorden que tanto nos critican —y que a veces hasta romantizamos— no surgió de la nada. Es fruto del abandono, de la falta de oportunidades, de una educación fallida, de un Estado que se ha hecho el sordo durante décadas. Y eso ha provocado que las diferencias sociales no sean solo económicas, sino culturales, simbólicas, incluso emocionales.
Pretender que esa desigualdad se resuelva en una Semana Santa es ingenuo. Pero pretender que se resuelve reprimiendo solo a los de abajo, mientras se les permite a los de arriba gozar sin límites, es todavía más dañino.
A veces, queriendo hacer un bien, se termina haciendo un daño mayor. Y en estos tiempos, cuidar las formas no es un capricho: es una necesidad si de verdad queremos construir un país más justo y menos resentido.



