@abrilpenaabreu
Santo Domingo volvió a colapsar. Y lo más preocupante no es la lluvia: es que ya sabíamos que podía pasar.
Hace tres años, en noviembre de 2023, la capital vivió una de las jornadas más trágicas de su historia reciente. Calles convertidas en ríos, vehículos atrapados, vidas perdidas. El país entero se detuvo frente a una realidad incómoda: no estábamos preparados.
En ese momento se habló de todo, de drenaje pluvial, de rediseñar la ciudad., de intervenir puntos críticos, de educar a la población, de anticipar mejor los fenómenos climáticos. Se habló mucho, lo que no está claro es cuánto se hizo.
Hoy, tres años después, la escena se repite con una precisión preocupante. Las mismas avenidas colapsadas. Los mismos puntos inundados. La misma sensación de que la ciudad no resiste una lluvia intensa.
Uno podría pensar que, tras las muertes ocurridas en el paso a desnivel de la 27 de Febrero, algo cambiaría. No necesariamente soluciones inmediatas —porque nadie serio espera resolver décadas de atraso en meses—, pero sí el inicio de un camino distinto. Pero no.
No solo no hemos visto transformaciones estructurales claras, sino que seguimos cometiendo los mismos errores. La planificación sigue siendo reactiva. Las intervenciones, parciales. Y la memoria, peligrosamente corta.
Porque en este país, lamentablemente, la tragedia no siempre se traduce en aprendizaje, se traduce en titulares, en promesas, en reuniones y luego, en silencio.
Hasta que vuelve a llover y entonces recordamos —demasiado tarde— todo lo que dijimos que íbamos a hacer



