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Los cinco días de 1945 que estremecieron al mundo: Mussolini, Hitler y el fin del Tercer Reich

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Por Abril Peña

Abril de 1945. Europa entera, devastada por seis años de guerra, asistió atónita a un desenlace que ni el más osado novelista habría podido imaginar: en apenas cinco días, del 28 de abril al 2 de mayo, se encadenaron la muerte de Benito Mussolini, el suicidio de Adolf Hitler y la inminente caída del Tercer Reich. El telón de acero comenzaba a descender sobre el continente.

El 28 de abril, Mussolini, el Duce que había arrastrado a Italia al desastre, fue capturado junto a su amante Clara Petacci cerca del Lago de Como. Fueron ejecutados sumariamente por partisanos italianos y sus cadáveres, colgados boca abajo en una gasolinera de Milán, fueron sometidos a todo tipo de humillaciones públicas. La imagen del dictador ultrajado recorrió el mundo como símbolo del fin del fascismo italiano.

Al mismo tiempo, en Berlín, Adolf Hitler resistía el inevitable derrumbe del régimen nazi. Acorralado en su búnker subterráneo bajo la Cancillería, rodeado de cenizas y de sus seguidores más fanáticos, Hitler tomó la decisión de suicidarse el 30 de abril junto a su esposa de un día, Eva Braun. Poco después, Magda Goebbels envenenaría a sus seis hijos antes de quitarse la vida junto a su esposo, el ministro de propaganda Joseph Goebbels. En la Cancillería, el caos absoluto: altos funcionarios del régimen practicaban orgías y suicidios en masa mientras el Tercer Reich se desintegraba.

La noticia de la muerte de Hitler fue confirmada oficialmente el 1 de mayo. Al día siguiente, las tropas soviéticas tomaron el control total de Berlín, izando la bandera roja sobre el Reichstag, símbolo del colapso definitivo del nazismo.

Aunque desde meses antes se sabía que la derrota de las potencias del Eje era cuestión de tiempo, la forma brutal en que sus líderes cayeron dejó una marca imborrable en la conciencia mundial. Como apuntan los historiadores, fue menos el hecho de la caída lo que estremeció, y más la forma horrorosa y grotesca en que se produjo.

El telón de acero y la advertencia ignorada

Antes de este desenlace, Winston Churchill ya advertía sobre el peligro de dejar que la Unión Soviética se adueñara de Berlín y del este de Europa. En una carta enviada a Franklin D. Roosevelt a principios de abril de 1945, Churchill urgía a avanzar lo más al este posible para limitar la influencia soviética. Roosevelt, gravemente enfermo y temeroso de provocar a Stalin, desoyó el consejo.

Aquella advertencia resultaría profética: en los años posteriores, Europa quedaría dividida por la cortina de hierro, iniciando la Guerra Fría.

Una escena wagneriana

El historiador Olivier Wieviorka, en su reciente libro Historia total de la Segunda Guerra Mundial, reconstruye esos días con crudeza. La caída de Mussolini y Hitler no fue una muerte heroica ni solemne, sino un descenso a la locura, la degradación y el vacío. El cadáver carbonizado de Hitler, reducido a un “montón de cenizas wagneriano”, y la barbarie desatada en la Cancillería simbolizan la total bancarrota moral del régimen nazi.

Nicholas Best, en Cinco días que estremecieron al mundo, subraya cómo esta cadena de acontecimientos fue uno de los momentos más dramáticos y simbólicos de la historia moderna: el colapso simultáneo de dos dictaduras que habían arrastrado a millones de personas a la muerte y la ruina.

80 años después

Hoy, ocho décadas más tarde, esos cinco días siguen resonando como una advertencia de los peligros del totalitarismo, la ambición desmedida y el fanatismo ideológico. La forma en que se extinguieron Mussolini y Hitler nos recuerda que el poder absoluto no garantiza un final glorioso, sino que suele desembocar en la ruina más ignominiosa.

El mundo tembló entonces. Y, quizá, todavía tiembla ante las lecciones no aprendidas.