Por: Abril Peña
ElPregoneroRD- Durante años, muchos en Occidente han repetido con arrogancia colonial que el milagro industrial chino se explica por una sola razón: esclavitud moderna. “Con mil millones de esclavos, cualquiera fabrica barato”, se escucha aún en redes sociales y en ciertos círculos de opinión. El problema no es solo que esta idea es falsa: es peligrosa. Porque mientras nos burlamos, China nos lleva años de ventaja.
Hoy, países como Bangladesh, Vietnam y Etiopía tienen mano de obra más barata que China. Según el Banco Mundial, el salario promedio de un trabajador en zonas urbanas chinas ha superado los 13,000 dólares al año, muy por encima de varios países del sudeste asiático e incluso comparable al salario mínimo en partes de Europa del Este.
Entonces, ¿por qué sigue dominando China?
Porque construyó un ecosistema industrial completo. Un sistema en el que todo —desde tornillos hasta microchips— puede conseguirse sin salir de la provincia. En Occidente, producir cualquier cosa implica importar piezas de cinco países distintos. En China, no. Tienen los insumos, los talleres, los ingenieros y la infraestructura.

Y no solo eso: tienen la mejor logística del mundo. Tren bala, autopistas impecables, puertos ultramodernos. Mientras en muchos países latinoamericanos seguimos debatiendo cómo arreglar una carretera, China lanza satélites y bate récords de velocidad ferroviaria.

En manufactura, además, China lidera la automatización. Según la Federación Internacional de Robótica, el país tiene más de un millón de robots industriales en operación. Empresas como Foxconn han reemplazado decenas de miles de operarios con maquinaria avanzada. Es decir, el mito del esclavo con arroz ya no aplica: muchas fábricas chinas están más robotizadas que las europeas.

¿Y qué hay de la calidad? Otro prejuicio más. China produce de todo: desde ropa desechable hasta los productos más sofisticados del mundo. Según el Massachusetts Institute of Technology (MIT), China es el país con mayor diversidad exportadora del planeta, y eso incluye tecnología, bienes de consumo, maquinaria pesada y componentes aeroespaciales.
Pero además, ahora China ha comenzado a cambiar la narrativa: se está diciendo abiertamente al mundo el costo real de fabricar artículos de lujo. Bolsos que en París o Nueva York cuestan miles de dólares, son producidos en China por unos pocos cientos.

Lo mismo ocurre con componentes de alta gama de relojería, moda o tecnología. Este movimiento busca desmontar el mito del lujo occidental y evidenciar que, en muchos casos, el valor es puramente de marca y marketing, no de producción.

Tampoco es casual que, en los últimos días, tanto la retórica de Donald Trump como la de las autoridades chinas se haya suavizado. Trump, consciente del peso real de China en la cadena de suministros estadounidense, ha bajado el tono de sus amenazas comerciales. Y China, a su vez, ha evitado escalar tensiones en sus declaraciones públicas, apostando al pragmatismo económico en lugar de la confrontación directa. Un reconocimiento tácito, de ambos lados, de que la interdependencia es mucho más profunda de lo que muchos quieren admitir.

Pero también hay que mirarnos al espejo. Somos cómplices. Queremos comprar en Temu, AliExpress o Shein camisetas de tres dólares que duren diez años. Exigimos milagros low cost mientras criticamos las condiciones que hacen posible esos precios.
Lo cierto es que Occidente perdió el foco. Mientras China formaba técnicos, nosotros vaciábamos los talleres. Mientras China fortalecía su infraestructura, nosotros recortábamos en investigación. Mientras ellos simplificaban su burocracia para facilitar negocios, nosotros multiplicábamos trabas administrativas que espantan inversiones.
El economista surcoreano Ha-Joon Chang, autor de “Kicking Away the Ladder”, ya advertía hace años que “el desarrollo industrial exitoso requiere proteccionismo, inversión estatal y visión a largo plazo”. Justo lo que China ha aplicado, mientras el resto del mundo jugaba a la globalización sin estrategia.

Sí, China tiene un régimen autoritario. Sí, hay zonas grises en derechos laborales y ambientales. Pero no se puede negar que, en términos de eficiencia, educación técnica, disciplina industrial y planificación, nos han pasado por la derecha.
Hoy, China no domina por esclavitud. Domina por una combinación letal de pragmatismo, ambición y estrategia. Porque mientras otros países hacen política con discursos, ellos la hacen con resultados.
Y no, ningún arancel va a revertir eso.



