Denny Agramonte
Hay hombres cuya biografía puede ser contada; la de Joaquín Balaguer debe ser interpretada. Contar su vida equivale a enumerar cargos, elecciones, libros, exilios y regresos. Interpretarla exige una operación más difícil: preguntarse qué había en aquel hombre que le permitió sobrevivir a hombres, regímenes, partidos, generaciones y hasta a las ideas que pretendieron enterrarlo.
Balaguer no fue solamente un político dominicano. Fue una forma de entender la República Dominicana.
En él confluyeron, con una precisión casi geométrica, varias de las contradicciones esenciales del país: el deseo de orden y la aspiración de libertad; el culto a la autoridad y la sospecha frente al caudillismo; la admiración por la civilización occidental y el temor ante la fragilidad de una nación caribeña; la necesidad de modernizar el Estado y la resistencia a democratizar plenamente el poder. Su personalidad política parece, por momentos, una síntesis de contradicciones que la sociedad dominicana no había conseguido resolver.
Por eso Balaguer resulta más interesante cuando se lo estudia como problema que cuando se lo celebra como personaje.
Duarte había concebido la nación antes de que existiera plenamente el Estado. Bosch quiso moralizar la política después de que el Estado hubiera sido deformado por la dictadura. Peña Gómez quiso democratizar una sociedad que todavía arrastraba hábitos autoritarios. Trujillo convirtió el Estado en prolongación de su voluntad personal.
Balaguer hizo algo distinto.
Intentó convertir el Estado en una continuidad.
Su obsesión no fue crear la República, como Duarte; ni purificarla, como aspiraba Bosch; ni democratizarla, como perseguía Peña Gómez; ni absorberla completamente en la persona del gobernante, como hizo Trujillo. Su proyecto consistió en preservar una determinada idea de continuidad estatal, aun cuando para ello tuviera que aceptar métodos que la conciencia democrática difícilmente puede absolver.
Ahí reside su grandeza histórica y también su tragedia moral.
Duarte representa la nación como promesa. Trujillo, el poder como absoluto. Bosch, la política como deber. Peña Gómez, la democracia como inclusión.
Balaguer representa el Estado como permanencia.
Y la permanencia puede ser una virtud o una enfermedad.
Depende de aquello que se pretenda conservar.
Duarte: la nación imaginada
Antes de que existiera una República Dominicana institucionalmente consolidada, existió una idea. Esa idea tuvo un nombre: Juan Pablo Duarte.
Duarte comprendió algo que la geografía parecía negar: que una comunidad pequeña podía convertirse en nación si encontraba una voluntad histórica capaz de imaginarla como destino. La independencia dominicana no fue únicamente una ruptura militar; fue, sobre todo, una afirmación intelectual.
Duarte inventó una posibilidad.
Balaguer heredó esa posibilidad ya convertida en Estado y se enfrentó a una dificultad completamente distinta: cómo conservarla.
El fundador mira hacia el futuro. El estadista de la continuidad mira hacia el pasado y hacia el futuro simultáneamente.
Duarte preguntaba: ¿qué República debemos crear?
Balaguer parecía preguntar: ¿qué República puede sobrevivir?
Entre ambas preguntas hay toda una filosofía política.
La primera está dominada por el ideal.
La segunda, por la experiencia.
Duarte pertenece a la esfera de las ideas fundadoras. Balaguer, a la de las realidades históricas. El primero necesitaba creer que la nación podía ser mejor que sus circunstancias; el segundo parecía convencido de que ninguna nación podía gobernarse ignorando sus circunstancias.
Tal diferencia explica buena parte de la distancia entre ambos.
Duarte es el hombre de la posibilidad.
Balaguer, el hombre del límite.
Y acaso una República necesite de los dos: de quien imagina lo que todavía no existe y de quien comprende aquello que puede impedir que exista.
Trujillo: el maestro oscuro
Pero ninguna interpretación de Balaguer puede prescindir de Rafael Leónidas Trujillo.
La relación entre ambos es uno de los grandes enigmas de la política dominicana. Balaguer no fue simplemente un subordinado de Trujillo; fue uno de sus intelectuales más eficaces. Conoció desde dentro la maquinaria de aquel régimen y participó de ella. Esa proximidad constituye una de las sombras que ningún juicio serio sobre su figura puede borrar.
Pero también permite comprender algo.
Balaguer conoció el poder absoluto desde su interior.
Vio lo que ocurre cuando el Estado deja de tener límites frente al gobernante. Vio cómo una nación puede ser organizada materialmente mientras sus ciudadanos son reducidos políticamente. Vio cómo la disciplina puede convertirse en miedo y cómo la estabilidad puede ocultar una profunda descomposición moral.
Trujillo fue, en ese sentido, su maestro histórico más terrible.
Balaguer aprendió de él el poder del Estado.
Pero también aprendió —o debió aprender— el peligro de su ausencia de límites.
La diferencia fundamental entre ambos no reside solamente en sus métodos. Reside en la concepción última del poder.
Trujillo quería que el Estado fuese él.
Balaguer quiso que el Estado sobreviviera a todos.
Ésa es una diferencia enorme, aunque no suficiente para absolver las zonas autoritarias de su propia práctica.
Porque quien aprende del despotismo puede combatirlo o perfeccionarlo.
Balaguer hizo algo más complejo: conservó ciertos mecanismos del Estado autoritario y los introdujo en una arquitectura política progresivamente más institucional.
Ahí aparece su paradoja.
Fue un hombre formado por la dictadura que terminó desempeñando un papel decisivo en la transición dominicana hacia un sistema político competitivo.
No fue una transición limpia.
La historia rara vez lo es.
Bosch: dos inteligencias frente al mismo país
Si Trujillo representa el pasado que Balaguer conoció, Juan Bosch representa el adversario intelectual que mejor permite medirlo.
Ambos eran hombres de libros.
Ambos conocían profundamente la historia dominicana.
Ambos desconfiaban de la improvisación.
Ambos comprendían que la política requería formación intelectual.
Pero llegaron a conclusiones radicalmente diferentes.
Bosch veía la corrupción institucional como una consecuencia de estructuras sociales y económicas que debían ser transformadas. Su preocupación fundamental era la construcción de una democracia sustentada en ciudadanía, justicia social y ética pública.
Balaguer desconfiaba de las transformaciones demasiado rápidas.
Bosch creía en la pedagogía política.
Balaguer, en la conducción política.
Bosch quería formar ciudadanos capaces de sostener la democracia.
Balaguer parecía preferir un Estado capaz de sostener la nación incluso cuando la ciudadanía todavía no estuviera preparada para sostener plenamente al Estado.
Ésta no era una diferencia secundaria.
Era una diferencia antropológica.
Bosch confiaba más en la capacidad del ciudadano para elevar la política.
Balaguer confiaba más en la capacidad del poder para contener las debilidades del ciudadano.
Ambos tenían razón en algo y se equivocaron en algo.
Bosch comprendió que una democracia sin cultura cívica puede convertirse en una estructura vacía.
Balaguer comprendió que un Estado sin autoridad puede convertirse en una ficción.
El drama dominicano consistió en que ninguno consiguió realizar plenamente su proyecto.
Bosch no logró construir la democracia moral que imaginaba.
Balaguer no logró construir el Estado ordenado sin los costos humanos del autoritarismo.
La República quedó suspendida entre ambos ideales.
Peña Gómez: el desafío de la inclusión
José Francisco Peña Gómez introduce otra dimensión.
Con él, la política dominicana adquirió una fuerza popular que no podía ser reducida al aparato del Estado ni a las élites tradicionales. Peña Gómez convirtió la democracia en una experiencia más amplia, más plebeya, más emocional y más participativa.
Balaguer entendía el poder desde arriba.
Peña Gómez lo comprendía desde abajo.
Uno contemplaba la República desde el palacio.
El otro desde la multitud.
Uno veía la estabilidad como condición de la política.
El otro veía la participación como condición de la legitimidad.
La confrontación entre ambos fue, en cierto sentido, el encuentro entre dos concepciones del país.
Balaguer representaba la continuidad.
Peña Gómez, la apertura.
Balaguer temía que la fragmentación debilitara al Estado.
Peña Gómez temía que la estabilidad sirviera de excusa para excluir al ciudadano.
Ambos temores eran legítimos.
Lo peligroso comienza cuando un temor se convierte en principio absoluto.
El polímatа y el poder
Aquí aparece la característica que distingue a Balaguer de muchos de sus contemporáneos.
Su inteligencia no era unilateral.
No fue únicamente un político.
Fue un lector de literatura, historiador, ensayista, jurista, diplomático y observador del comportamiento humano. Su formación le permitió comprender el poder desde distintos ángulos.
El político convencional observa las elecciones.
El historiador observa los procesos.
El escritor observa las pasiones.
El diplomático observa los intereses.
El jurista observa las instituciones.
Balaguer observaba todo eso simultáneamente.
Por eso era difícil sorprenderlo.
Había leído demasiado sobre la naturaleza humana para creer ingenuamente en las declaraciones de los hombres.
Sabía que detrás de una doctrina puede esconderse una ambición; detrás de una virtud proclamada, un interés; detrás de una alianza, un cálculo; detrás de una ruptura, una futura reconciliación.
No necesitaba que sus adversarios fueran previsibles.
Le bastaba con que fueran humanos.
Ésa era quizá su ventaja fundamental.
Su verdadera especialidad no era la retórica electoral.
Era la paciencia.
Mientras otros políticos necesitaban demostrar inmediatamente su fuerza, Balaguer podía esperar. Mientras otros buscaban dominar la conversación del día, él parecía pensar en la conversación que tendría la historia dentro de veinte años.
Había comprendido una verdad que rara vez se enseña en las escuelas de política:
el tiempo también es un instrumento de poder.
La modernización y la paradoja
Los gobiernos de Balaguer transformaron materialmente buena parte del territorio dominicano. Carreteras, infraestructura, edificios públicos, expansión urbana y grandes proyectos estatales formaron parte de una concepción desarrollista en la que la obra visible tenía una función que excedía la utilidad inmediata.
La arquitectura era también lenguaje.
Un puente comunica.
Una avenida comunica.
Un edificio público comunica.
Una ciudad transformada comunica.
Balaguer entendió que el Estado debía hacerse visible.
La obra pública era, en consecuencia, una forma de pedagogía política: enseñaba al ciudadano que detrás de la geografía había una voluntad estatal capaz de modificarla.
Pero nuevamente aparece la paradoja.
El mismo Estado que construía carreteras podía restringir libertades.
La misma mano que levantaba edificios podía perseguir adversarios.
La misma inteligencia que comprendía la importancia histórica de las instituciones podía tolerar prácticas incompatibles con una democracia plena.
La modernización material no equivale a modernización política.
Ésta es una distinción que la fascinación por las obras suele ocultar.
Una nación puede tener avenidas modernas y ciudadanos políticamente atemorizados.
Puede inaugurar hospitales y restringir derechos.
Puede construir universidades y perseguir intelectuales.
Puede desarrollar infraestructura sin desarrollar plenamente una cultura democrática.
El cemento no vota.
Los ciudadanos sí.
Y el progreso verdadero comienza cuando ambas dimensiones avanzan juntas.
La ceguera y la mirada
Hay una ironía casi literaria en el destino de Balaguer.
El hombre que dedicó su vida a observar el poder terminó perdiendo la vista.
Pero quizá la política siempre haya sido para él una cuestión menos óptica que intelectual.
La mirada política no consiste en ver lo que está delante.
Consiste en advertir lo que todavía no ha ocurrido.
Balaguer poseía esa clase de mirada.
Podía percibir la fragilidad de una alianza, la utilidad futura de un adversario, la oportunidad contenida en una derrota. Su longevidad no se explica únicamente por sus habilidades electorales. Se explica por su capacidad para sobrevivir a las circunstancias.
Cuando otros eran contemporáneos de una coyuntura, Balaguer intentaba convertirse en contemporáneo de la historia.
Ésa fue su mayor astucia.
Y acaso también su mayor condena.
Porque quien piensa demasiado en la permanencia puede terminar justificando demasiadas cosas en nombre de ella.
El juicio
¿Cómo debemos juzgarlo?
No como santo.
No como demonio.
Ambas categorías pertenecen más a la teología que a la historia.
Balaguer fue un hombre de inteligencia extraordinaria y de contradicciones extraordinarias.
Hay que reconocer su cultura sin convertirla en virtud moral.
Hay que reconocer su capacidad de gobierno sin olvidar sus responsabilidades.
Hay que estudiar su obra intelectual sin confundir erudición con sabiduría.
Hay que reconocer su papel en la modernización dominicana sin transformar las obras materiales en absolución histórica.
Y hay que reconocer su capacidad política sin convertir la eficacia en legitimidad.
Porque la eficacia responde a una pregunta:
¿funcionó?
La ética responde a otra:
¿debió hacerse?
Un estadista verdaderamente grande debe responder satisfactoriamente ambas.
Balaguer respondió mejor la primera que la segunda.
Ésa es quizá la sentencia más severa que puede formularse sobre él.
La República y sus cuatro fantasmas
Duarte, Trujillo, Bosch y Balaguer pueden ser leídos como cuatro momentos de una misma búsqueda.
Duarte preguntó cómo crear la nación.
Trujillo preguntó cómo dominarla.
Bosch preguntó cómo democratizarla.
Balaguer preguntó cómo hacerla perdurar.
Peña Gómez añadió otra pregunta indispensable:
¿cómo hacer que esa nación pertenezca realmente a todos?
Ninguna de esas preguntas ha desaparecido.
La República Dominicana continúa respondiéndolas.
Por eso Balaguer no pertenece exclusivamente al pasado.
Está todavía entre nosotros cada vez que discutimos qué significa gobernar; cada vez que enfrentamos orden y libertad; cada vez que una obra pública es utilizada como argumento de legitimidad; cada vez que confundimos estabilidad con virtud; cada vez que exigimos autoridad y, al mismo tiempo, tememos sus excesos.
Balaguer sobrevive allí donde la República todavía no ha resuelto sus contradicciones.
La última paradoja
Quizá la verdadera dimensión de Balaguer sólo pueda comprenderse desde una paradoja.
Quiso dominar la historia y terminó siendo dominado por ella.
Escribió sobre los muertos y terminó convertido en uno de ellos.
Gobernó durante décadas y, sin embargo, no consiguió controlar el significado definitivo de su propia obra.
Ningún hombre lo consigue.
El poder termina.
Los edificios permanecen.
Los gobiernos desaparecen.
Los archivos se abren.
Los adversarios escriben.
Los partidarios recuerdan.
Los historiadores comparan.
Y finalmente aparece aquello que ningún gobernante puede evitar: el juicio de las generaciones que ya no tienen ninguna obligación de obedecerlo.
Ése es el verdadero poder de la historia.
Balaguer pudo controlar muchas cosas.
No pudo controlar la última palabra.
Y quizá ésa sea la justicia más profunda de la historia dominicana: al hombre que dedicó su vida a comprender y utilizar el poder sólo le queda ahora aquello que queda a todos los hombres cuando desaparece el poder: una memoria contradictoria, una obra discutible, algunos aciertos, algunas culpas y una pregunta que ninguna generación puede eludir.
¿Qué República ayudó Balaguer a construir?
La respuesta no puede ser enteramente elogiosa ni enteramente condenatoria.
Construyó una República más moderna en su infraestructura, más consciente de la autoridad del Estado y políticamente marcada por una concepción conservadora del orden. Pero también dejó una herencia incómoda: la demostración histórica de que un país puede avanzar materialmente mientras permanece incompleto en su maduración democrática.
Ése es su legado más profundo.
No debemos decidir si Balaguer fue grande.
Debemos preguntarnos en qué consistió su grandeza y cuál fue su precio.
Porque la grandeza política sin conciencia moral puede producir monumentos.
La conciencia moral sin capacidad política puede producir discursos.
La República necesita algo más difícil: inteligencia, autoridad, libertad, cultura y virtud reunidas en una misma voluntad histórica.
Duarte nos dejó el ideal.
Bosch, la exigencia moral.
Peña Gómez, la vocación democrática.
Trujillo, la advertencia terrible de lo que ocurre cuando el Estado se convierte en voluntad personal.
Balaguer nos dejó una lección más ambigua y quizá por eso más útil:
que gobernar un país exige comprender su historia, pero que comprenderla no basta; que construir Estado no basta; que ganar elecciones no basta; que modernizar una nación no basta.
Al final, la pregunta no es cuánto poder tuvo un hombre.
La pregunta es qué hizo con él.
Y esa pregunta, a diferencia de todas las demás, no pertenece a Balaguer.
Nos pertenece a nosotros.



