Editorial

Luces y sombras del camino educativo dominicano

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@abrilpenaabreu

Cada año, al acercarse la apertura del nuevo año escolar, resurgen con fuerza las críticas —muchas legítimas— al estado de la educación dominicana. Escuelas sin terminar, maestros mal pagados, estudiantes que no comprenden lo que leen… son imágenes repetidas que pintan un cuadro preocupante. Pero centrarnos únicamente en esas sombras nos impide ver que, a pesar de todo, hay luces encendidas. Algunas pequeñas, otras firmes, y todas imprescindibles si queremos avanzar.

La educación en República Dominicana ha sido, durante la última década, uno de los pilares más visibles en la agenda nacional. La asignación del 4% del PIB al sector marcó un punto de inflexión y, aunque la discusión sobre cómo se invierte sigue abierta, sería injusto desconocer los logros alcanzados.

La expansión del nivel inicial, por ejemplo, ha sido notable: en apenas dos años, la cobertura pasó de 48% a casi 60%. Esa es una de las transformaciones más profundas, porque invertir en la primera infancia es invertir en el futuro. También destacan los esfuerzos por integrar la tecnología a las aulas. Más de 4,900 centros educativos ya cuentan con conectividad, y más de un millón y medio de estudiantes tienen acceso a herramientas digitales que hace una década eran impensables.

El cuerpo docente —piedra angular del sistema— también ha recibido atención. El Inafocam ha capacitado a más de 87 mil educadores y otorgado cerca de 215 mil becas en cuatro años. La profesionalización del magisterio es clave si queremos mejorar los aprendizajes, y aunque falta mucho, el camino está trazado.

Sin embargo, no podemos cerrar los ojos ante los desafíos. La deserción escolar, sobre todo en secundaria, sigue siendo un dolor persistente. Las causas son estructurales: pobreza, embarazo adolescente, falta de acompañamiento familiar, necesidad de trabajar. No basta con tener aulas bonitas si no hay condiciones para que los niños y niñas permanezcan en ellas.

La pandemia dejó una herida profunda: más del 60% de los niños de 10 años no podía comprender un texto simple en 2021. Eso no se resuelve con tabletas ni con conectividad, sino con políticas sostenidas de nivelación, acompañamiento docente y trabajo comunitario.

Y aunque se han conectado escuelas, la brecha digital en los hogares es abismal. Tres de cada cuatro dominicanos aún no tienen acceso significativo a internet. ¿De qué sirve enseñar con plataformas si los estudiantes no pueden usarlas en casa? La equidad digital no es un lujo, es una necesidad.

Además, el rol del maestro, aunque mejor remunerado que antes, sigue afectado por condiciones laborales precarias, falta de incentivos reales y una sobrecarga que desmotiva. Formar y retener buenos docentes debe ser una política de Estado, no solo una meta presupuestaria.

Hoy más que nunca urge hacer una pausa. No para aplaudir con complacencia ni para criticar por deporte, sino para evaluar con objetividad. La República Dominicana ha avanzado. No lo suficiente, no en todos los frentes, pero ha avanzado. Y esos pasos, por más pequeños que sean, deben ser reconocidos para poder construir sobre ellos.

Como bien dijo el ministro de Educación, Luis Miguel De Camps, “la escuela no solo transmite conocimientos, forma conciencia”. Pero para formar conciencia, primero hay que tener voluntad, recursos bien orientados y un país que entienda que la educación no es gasto, es inversión.

Es momento de redoblar esfuerzos, de no resignarnos ni al conformismo ni al cinismo. Porque solo con una educación inclusiva, equitativa y de calidad podremos aspirar a un país donde la igualdad de oportunidades no sea un discurso, sino una realidad. Y ese camino, aunque largo, ya empezó.