Editorial

Aulas podridas, futuro podrido

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El sistema educativo dominicano está tan deteriorado que ya ni siquiera se sostiene sobre su propia vergüenza.

Hay escuelas a punto de caerse, estudiantes recibiendo clases debajo de árboles, presupuestos asignados pero no ejecutados, y una moral institucional tan baja que hasta los escándalos sexuales entre docentes y estudiantes han dejado de escandalizar.

Sí, hablemos claro. Este país no está fracasando en materia educativa: está renunciando.

¿Qué puede salir bien?

Profesores que escriben con faltas ortográficas en la pizarra. Estudiantes que se golpean, se filman teniendo sexo o se graban bailando en pleno horario de clases. Padres que no supervisan tareas porque ni siquiera pueden entenderlas. Material pedagógico que no conecta con la realidad del alumno. Un currículo que sigue repitiendo fórmulas vacías sin cultivar pensamiento crítico. Jóvenes que abandonan la escuela, y los que se quedan, no aprenden.

Entonces, ¿de qué nos sorprendemos? El fracaso es cultural, no solo económico o político.

Podemos hablar del presupuesto en otra entrega. Hoy, el foco es cultural.

Porque aunque el dinero falta, lo que más escasea es la voluntad, la vocación, la coherencia y el ejemplo.

Hay profesores sin vocación. Pero también hay padres sin presencia.Y hay estudiantes criados por pantallas, por la calle, por el reguetón, por el desinterés.

¿Qué esperas de un sistema donde el vulgar es viral, y el que piensa es ridiculizado? El resultado está a la vista

Una sociedad donde la ignorancia es hereditaria y la lectura es castigo. Donde ser culto te hace “popi” y no en el mejor sentido y ser burdo te hace popular. Donde no hay debate, porque no hay argumentos. Donde las oportunidades no llegan, no porque “el sistema te aplasta”, sino porque ni siquiera sabes cómo abrir una puerta.

El problema no es la falta de oportunidades, El verdadero problema es que no estamos formando gente capaz de aprovecharlas.

Y eso es lo más trágico: tenemos generaciones enteras creciendo sin herramientas reales para sobrevivir, competir, transformar.

Y luego, nos quejamos:

De que no hay trabajo.

De que la delincuencia crece.

De que la política apesta.

¿Pero con qué ciudadanos estamos llenando esta democracia?