Por Abril Peña
Ramón Alburquerque no fue un político de consensos cómodos. Fue, ante todo, un hombre de principios innegociables y un polemista brillante que entendió la política como un ejercicio de pedagogía, ética y resistencia. Su legado político se define por una lealtad inquebrantable a la memoria de José Francisco Peña Gómez y por un respeto profundo al ciudadano de a pie, al militante anónimo y a la base que sostiene —y legitima— el poder.
El presidente del Senado y la institucionalidad
Durante sus tres períodos al frente del Senado de la República, Alburquerque se consolidó como un defensor férreo de la independencia de los poderes del Estado. En una etapa marcada por tensiones políticas y tentaciones autoritarias, logró preservar la Cámara Alta como un espacio de deliberación y contrapeso, no como una oficina de sellos gomígrafos al servicio del Ejecutivo.
Para él, la institucionalidad no era un formalismo, sino una garantía democrática.
“El poder no es para aplastar, es para equilibrar. Un Senado que no cuestiona al Ejecutivo es una oficina de trámites, no una representación del pueblo.”
La voz de la base frente a las cúpulas
Tanto en el PRD como en el proceso de fundación del PRM, Alburquerque se ganó el apelativo de “el guardián de la base”. Mientras otros priorizaban acuerdos de aposento y cálculos de coyuntura, él recorría el país recordando una verdad elemental: el poder emana desde abajo.
Fue un crítico severo de la aristocracia política, de los liderazgos desconectados y de quienes olvidaban las promesas de campaña apenas cruzaban las puertas del Palacio Nacional.
“Yo no soy peñagomista de labios; soy peñagomista de principios. Y el principio fundamental de Peña era: ‘Primero la gente’, no primero los de arriba.”
“Los Sabios en la Z” y la educación ciudadana
En su etapa final, su principal trinchera fue el micrófono. Desde la radio y las redes sociales, Ramón Alburquerque se convirtió en una verdadera universidad pública informal. No se limitaba a criticar: explicaba, contextualizaba y sustentaba con datos por qué una política era equivocada o cómo podía corregirse.
Su estilo —directo, a veces rudo— no buscaba agradar, sino sacudir conciencias. Era la expresión de una honestidad intelectual poco frecuente en la política contemporánea.
“La ignorancia es el combustible de la corrupción. Un pueblo que sabe es un pueblo que no se deja comprar por una funda de comida.”
Su pensamiento final: ética y soberanía
Alburquerque se retiró de la primera línea política convertido en la conciencia crítica de su propio partido. No persiguió cargos por acomodo ni silencios cómodos, sino espacios donde su conocimiento técnico y su ética pública pudieran servir al país.
Su ausencia deja un vacío evidente en el debate nacional: el del político que no le teme a la verdad, aunque decirla le cueste el favor de los poderosos.
Frases memorables
– Sobre la honestidad:
“A mí pueden revisarme hasta los bolsillos del alma; mi fortuna es mi frente en alto.”
– Sobre la soberanía:
“Un país que entrega sus recursos naturales por migajas no es una nación; es un campamento de extracción.”
– Sobre la militancia:
“Los partidos son instrumentos del pueblo. Si el instrumento no sirve, el pueblo tiene el deber de cambiarlo.”
– Sobre el futuro:
“La República Dominicana tiene todo para ser potencia; lo que le sobran son algunos políticos y lo que le falta es más ciencia.”



