Editorial

Mayo terminó, pero la deuda con las madres dominicanas sigue intacta

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@Abrilpenaabreu

Mayo terminó, se apagaron las promociones, bajaron las publicaciones emotivas, quedaron atrás los almuerzos familiares, las flores, las serenatas improvisadas y los mensajes sobre el amor infinito de las madres. Como cada año, República Dominicana dedicó un domingo entero a celebrar a las mujeres que sostienen gran parte de la vida familiar del país.

Pero quizá, terminado el ruido de la celebración, valga la pena hacernos una pregunta mucho menos cómoda: ¿qué tan bien estamos tratando realmente a las madres dominicanas, porque mientras mayo nos invitaba a homenajearlas, también nos obligó a mirar una realidad mucho más dura.

Fue un mes marcado por feminicidios, violencia, discursos crueles hacia las mujeres y episodios que volvieron a dejar al descubierto una verdad incómoda: en demasiados espacios de nuestra sociedad, la mujer dominicana sigue cargando sola pesos que deberían ser colectivos.

Y entre ellas, las madres llevan quizás la parte más pesada.

Porque en este país muchas no solo maternan: sostienen hogares completos.

Trabajan, resuelven, administran, educan, cocinan, corrigen tareas, median conflictos, acompañan enfermedades, contienen emocionalmente a sus hijos y muchas veces también sobreviven a relaciones rotas, abandono o precariedad económica.

Hay madres que crían prácticamente solas, madres que hacen de padre y madre al mismo tiempo, abuelas que vuelven a empezar la crianza porque hijos emigraron, desaparecieron o no asumieron responsabilidades, mujeres agotadas que siguen funcionando porque sienten que no tienen permiso para derrumbarse.

Y aun así, la narrativa pública muchas veces sigue reduciendo la maternidad a una imagen romantizada: la madre fuerte, sacrificada, incansable, capaz de todo, como si el agotamiento fuese normal.

Como si renunciar a sí mismas fuera parte obligatoria del contrato de ser madre, como si pedir ayuda fuese un lujo.

Quizá una de las contradicciones más grandes del país sea precisamente esa: celebramos muchísimo a las madres, pero hablamos muy poco de las condiciones bajo las cuales viven muchas de ellas. Nos emociona regalar flores un domingo, pero seguimos normalizando hogares donde toda la carga emocional y práctica cae sobre una sola persona.

Exigimos madres presentes, pacientes, trabajadoras, emocionalmente disponibles y económicamente funcionales, mientras el respaldo social, institucional y familiar muchas veces sigue siendo insuficiente.

Y esto no es una guerra entre hombres y mujeres. Tampoco un intento de victimizar a nadie.

Es simplemente reconocer una realidad que demasiadas familias dominicanas conocen de cerca. Porque cuando una madre colapsa, rara vez colapsa sola. Tiembla toda la estructura familiar y quizá por eso este mayo deja una reflexión incómoda pero necesaria.

El verdadero homenaje a las madres no debería limitarse a un día de regalos o publicaciones bonitas. Debería comenzar preguntándonos qué tipo de país estamos construyendo para quienes sostienen silenciosamente gran parte del tejido social dominicano.

Porque una sociedad que romantiza el sacrificio materno, pero no se detiene a aliviarlo, termina confundiendo amor con resistencia obligatoria. Mayo terminó, las flores también, pero para miles de madres dominicanas, la carga sigue exactamente donde estaba.