Por: Néstor Estévez
El más reciente abril transcurrió entre el ruido y el valor. Recordemos que, en República Dominicana, para quienes habitamos el universo de la palabra, abril podría considerarse como una especie de mes de espejos. Entre el 5 de abril, Día del Periodista, y el 18, Día del Locutor, la agenda se llena de agasajos, pero también de una urgencia por el examen de conciencia en torno al oficio de la palabra escrita y hablada.
Este año, aunque incluyó brindis, mi bitácora priorizó actividades educativas, foros y conversación pausada. Tras recorrer diversos escenarios académicos y profesionales, incluyendo algunos reconocimientos, abril me deja una enseñanza con cuadre de certeza: mientras el ruido intenta ensordecernos, una reserva crítica se mantiene y avanza.
Desde inicios de ese mes, ya se percibía una atmósfera saturada. Lo advertíamos en reflexiones recientes: cuando el periodismo pierde, gana el caos, gana la desinformación y, en última instancia, pierde la democracia. No se trató de una exageración teórica. En cada taller y en cada encuentro de abril, una pregunta recurrente de estudiantes y veteranos giraba en torno a la supervivencia de la ética frente a la dictadura del clic.
Como sabemos, el ruido, ese fenómeno que hoy parece premiar la estridencia por encima de la sustancia, ha intentado colonizar la comunicación. Por fortuna, la respuesta encontrada en muchos participantes en esos encuentros me genera optimismo.
Durante mis interacciones académicas de ese mes, identifiqué personas con un hambre voraz por herramientas conceptuales. Nos quedó claro que no se trata solo de saber usar la Inteligencia Artificial —tema que abordamos con rigor, entendiendo que la técnica sin ética es solo velocidad hacia el abismo—, sino de rescatar el criterio.
En mis publicaciones de abril subrayaba que, ante tanto ruido, el desafío es saber comunicar con propósito. Y lo que vi en muchos rostros de jóvenes comunicadores fue el deseo de ser esa «voz que orienta» y no solo un «eco que aturde».
Esa labor pedagógica en abril me permitió validar que la sociedad no está huérfana. A pesar de esa legión de «opinólogos» que desdicen de la profesión con insultos y ligerezas, existe una contraparte poderosa. Me refiero a esos profesionales que, lejos de las luces del espectáculo mediático, buscan agregar valor.
En uno de mis textos, orientado a aportar para elevar los niveles de criticidad en las audiencias, me concentré en la necesidad de «coger y dejar», de aplicar filtros severos a lo que consumimos. Una recomendación similar hice a quienes producimos mensajes. El balance es claro: el ruido hace mucho volumen, pero el valor tiene peso.
Una de las ideas más destacadas en las actividades de ese mes está referida a la tecnología. Con relación a ella, se necesita clara ubicación: como la gran aliada o la gran amenaza. La conclusión en nuestros debates fue unánime: la IA podrá redactar notas, pero no podrá sentir el pulso de un barrio ni entender el dolor de una madre que busca justicia. Esa humanidad pesa doble: es lo que nos toca defender, pero también lo que nos hace insustituibles.
En esas actividades de abril confirmé que el compromiso con la verdad y la calidad sigue abriendo oportunidades para quien entiende que oficios como la locución y el periodismo están llamados a crear valor profesional, valor social y valor económico.
Sería ingenuo pensar que la totalidad de quienes ejercemos estos oficios asumimos estas ideas. Recordemos que hay gente que solo está “en búsqueda”. Afortunadamente, hay un sello distintivo: quien realmente escoge crear valor compartido con su oficio suele caracterizarse por niveles de empatía que “saltan a la vista”. Se trata de personas que regularmente no hacen ruido, aunque las tenemos en gran cantidad.
Por eso es que, luego de un mes entre el ruido y el valor, me quedo con el siguiente balance: el ruido pasará, como pasan las modas estridentes. Y cuando el ruido pasa, lo que queda, lo que realmente construye, es la palabra con fundamento, esa que nos esforzamos por mantener, con rigor y respeto, siempre por la línea de la decencia y la profesionalidad.



