Por Jorge Lendeborg
Mi viejo tenía una frase que repetía con frecuencia cuando veía a alguien empeñado en convencerse de algo que simplemente no era cierto:
“Nadie calcula para joderse.”
La utilizaba para explicar una realidad muy humana. Cuando una persona va a iniciar un negocio, emprender un proyecto o tomar una decisión importante, hace cálculos. Analiza escenarios. Proyecta resultados. Pero cuando los números no le favorecen, vuelve a calcular. Y si todavía no le gustan los resultados, recalcula una vez más.
No para encontrar la verdad.
Sino para encontrar el resultado que quiere escuchar.
Al final, termina tomando decisiones basadas no en la realidad, sino en una tabla adulterada por sus deseos. Y cuando llega el momento de enfrentar los hechos, descubre que la realidad nunca firmó ese acuerdo imaginario.
Da la impresión de que algo parecido está ocurriendo hoy dentro del Partido Revolucionario Moderno.
Algunos de sus estrategas parecen convencidos de que una eventual candidatura de Gonzalo Castillo por el Partido de la Liberación Dominicana sería conveniente para sus intereses electorales de cara al 2028.
La teoría luce simple. Según este razonamiento, Gonzalo dividiría el voto opositor, frenaría el crecimiento de la Fuerza del Pueblo y le restaría apoyo al doctor Leonel Fernández. Como entienden que buena parte del crecimiento de Fernández proviene de antiguos votantes peledeístas, concluyen que el fortalecimiento de Gonzalo necesariamente significaría el debilitamiento de Leonel.
Y ahí comienza el error.
Porque están haciendo política.
Pero no necesariamente estrategia electoral.
Mucho menos análisis profundo del comportamiento del votante moderno.
La política dominicana ha cambiado. Y los votantes también.
Durante décadas, los partidos tradicionales podían apoyarse en estructuras sólidas y votos relativamente estables. Hoy el desgaste de los gobiernos ocurre a una velocidad sin precedentes. Las redes sociales aceleran el juicio ciudadano. La frustración se multiplica más rápido que las soluciones. Las expectativas son prácticamente imposibles de satisfacer.
Gobernar nunca había sido tan difícil.
Y mantenerse popular, mucho menos.
Por eso los números deben analizarse más allá de la superficie.
Históricamente, el voto duro del PRM y del antiguo PRD ha oscilado entre un 34% y un 36%. Del otro lado, el voto duro de las fuerzas opositoras ha rondado entre un 32% y un 38%.
Los datos recientes ayudan a ilustrarlo.
En las elecciones pasadas, la Fuerza del Pueblo obtuvo aproximadamente un 28% y el PLD alrededor de un 10%. Juntos representan un bloque cercano al 38%.
Ese voto existe.
No desapareció.
No cambió de ideología.
Simplemente se distribuyó entre dos organizaciones.
Pero el elemento decisivo nunca ha sido el voto duro.
Las elecciones dominicanas las decide otro actor.
El llamado swing vote.
Ese segmento fluctuante que puede representar cerca de un 20% del electorado y que se mueve según las circunstancias políticas, económicas y emocionales del momento.
Es ahí donde algunos analistas oficialistas parecen equivocarse.
Asumen que dividir el 38% opositor les favorece automáticamente.
Y es cierto que una oposición dividida podría facilitar una llegada en primer lugar durante la primera vuelta.
Pero la primera vuelta no necesariamente define al ganador.
La segunda sí.
Y es precisamente ahí donde aparece la parte del cálculo que muchos parecen ignorar.
El votante independiente no se divide de manera matemática entre partidos. Se mueve como una corriente política. Como un estado de ánimo colectivo.
Cuando una parte importante de ese electorado concluye que quiere cambio, normalmente busca el vehículo más viable para producirlo.
No el más perfecto.
No el más simpático.
El más viable.
Por eso resulta difícil sostener la tesis de que una oposición con dos candidaturas fuertes necesariamente favorece al partido de gobierno en una eventual segunda vuelta.
Todo lo contrario.
Si el sentimiento predominante entre los votantes independientes termina siendo de insatisfacción, desgaste o decepción con la gestión gubernamental, esos electores no necesariamente regresarán al oficialismo simplemente porque su candidato favorito quedó fuera de competencia.
La experiencia electoral demuestra que los votantes castigan más fácilmente a los gobiernos que a las oposiciones.
Especialmente en tiempos de incertidumbre económica, inseguridad o agotamiento político.
Por eso la verdadera pregunta no es si Gonzalo Castillo le quitaría algunos puntos a Leonel Fernández.
La verdadera pregunta es qué ocurriría con el voto independiente en una segunda vuelta entre el PRM y cualquiera de las principales fuerzas opositoras.
Ahí está el cálculo que muchos parecen evitar.
Porque cuando observamos los resultados de 2020 y 2024 encontramos un elemento común: existía una tercera fuerza considerablemente debilitada.
Pero en un escenario donde existan dos partidos opositores competitivos y capaces de movilizar estructuras nacionales, la dinámica cambia por completo.
Las matemáticas electorales dejan de ser una simple suma de porcentajes.
Y pasan a ser una disputa por estados de ánimo.
Por percepciones.
Por expectativas.
Por castigo o recompensa.
En otras palabras, por política real.
Por eso conviene recordar la frase de mi padre.
Porque nadie calcula para joderse.
Pero muchos terminan haciéndolo precisamente cuando sustituyen la realidad por los números que quisieran que fueran ciertos.
Y la historia electoral dominicana está llena de políticos que confundieron sus deseos con sus probabilidades.
Casi todos descubrieron el error la noche de las elecciones.



