Por Abril Peña
El Pregonero RD- Distrito Nacional,- Esta semana, el mundo ha vuelto a mirar a Irán. Drones, misiles, sabotajes y declaraciones incendiarias han intensificado la guerra en la sombra entre Tel Aviv y Teherán. Mientras tanto, Gaza sigue en ruinas, y el sur del Líbano arde. La narrativa es familiar: Israel se defiende de quienes quieren destruirlo. Pero la pregunta real no es por qué Israel ataca a Irán ahora. La pregunta es para qué.
¿Es Netanyahu aferrado al poder por medio del conflicto? ¿O es Israel reafirmando una doctrina mucho más profunda que un solo nombre? Las dos respuestas no se excluyen. Se necesitan mutuamente.
Irán: la amenaza perfecta
Desde hace décadas, Irán representa para Israel algo más que un enemigo geopolítico. Es la encarnación útil del peligro existencial, el enemigo ideal para justificar presupuestos militares, alianzas internacionales y ataques preventivos más allá de sus fronteras.
Teherán respalda a Hamas, Hezbollah, la Yihad Islámica y milicias en Siria y Yemen. También mantiene un programa nuclear que, aunque aún no ha producido armas, Israel considera una amenaza de primer orden. Pero lo más importante es que la sola existencia de un Irán fuerte y autónomo desafía el orden regional que Israel busca dominar.
Netanyahu: de la amenaza existencial al cálculo político
Netanyahu no inventó el conflicto con Irán, pero sí lo convirtió en parte de su marca personal. Desde hace años ha dicho que solo él puede proteger a Israel del “nuevo Hitler”. Y cada vez que su liderazgo tambalea —por acusaciones de corrupción, protestas ciudadanas o fracturas internas— una nueva ofensiva o escalada le devuelve el control.
Durante su gobierno, el miedo se ha convertido en política pública. Las operaciones militares no son solo defensivas: son también herramientas para distraer, unificar y aplastar toda disidencia. En esta lógica, atacar a Irán no es solo proteger a Israel; es también proteger a Netanyahu.
Pero el problema va más allá de él
Detenernos en Netanyahu es cómodo, pero insuficiente. El verdadero corazón del asunto es que Israel ha construido una doctrina de supremacía regional que no depende de un primer ministro, sino del propio diseño del Estado.
Desde 1948, la política israelí se ha sostenido sobre la idea de que solo puede sobrevivir si mantiene superioridad absoluta en lo militar, lo tecnológico, lo nuclear y lo geopolítico. Esa doctrina ha sido aplicada por gobiernos laboristas, centristas y de derecha. Netanyahu no la creó. Pero la ha llevado al extremo.
Una sociedad fragmentada por el miedo
Y dentro de ese diseño, la sociedad israelí ha sido modelada por una narrativa de amenaza constante. Los ciudadanos viven en tensión, con simulacros de guerra desde la infancia y un discurso nacional que vincula paz con debilidad. Así, la supremacía no es solo estrategia militar: es también identidad colectiva.
Esta cultura del miedo ha permitido que la ocupación de Cisjordania, el bloqueo a Gaza, los ataques en Siria y las operaciones secretas en Irán se vean como “defensa” incluso cuando violan el derecho internacional. Mientras tanto, los movimientos pacifistas, los árabes israelíes y los sectores críticos son marginados o silenciados.
El futuro no depende solo de un cambio de gobierno
El conflicto con Irán seguirá, incluso si Netanyahu cae mañana. Porque lo que está en juego no es solo una figura política, sino una estructura de poder que se sostiene en el principio de no permitir ningún rival en la región. Esa doctrina convierte a cualquier vecino autónomo en un enemigo, y a cualquier intento de equilibrio, en una amenaza.
Por eso, mientras Irán siga resistiendo y mientras Gaza siga castigada, Netanyahu podrá caer… pero su lógica seguirá viva.
Sí, Netanyahu es un problema. Pero no es el problema. Es el síntoma visible de una doctrina de supremacía que Israel ha normalizado como política de Estado. Una doctrina que ha transformado el miedo en motor nacional, la guerra en herramienta de estabilidad interna, y la superioridad regional en condición para existir.
Y mientras esa lógica no se cuestione desde dentro, el conflicto no tendrá fin. Porque cuando el poder necesita enemigos para sobrevivir, la paz no es una solución… es una amenaza.



