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¿Y si el problema no es el arroz, sino lo que estamos sembrando?

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@abrilpenaabreu

La discusión sobre los aranceles al arroz debería servirnos para mirar más allá del arroz. Durante años sabíamos que llegaría el momento en que los mecanismos de protección comercial comenzarían a reducirse. Debimos utilizar ese tiempo para preparar al productor, elevar la productividad, incorporar tecnología y reducir costos. No lo hicimos con la profundidad necesaria y ahora enfrentamos una realidad que obliga a tomar decisiones.

Pero quizás también sea momento de tener una discusión más profunda: ¿puede República Dominicana seguir apostando su futuro agropecuario a los mismos rubros y competir en igualdad de condiciones con países que tienen mucho más territorio, mayor mecanización y enormes economías de escala?

La respuesta no puede ser abandonar nuestra producción nacional. Mucho menos renunciar al arroz y a otros alimentos esenciales. La soberanía y la seguridad alimentaria tienen un valor estratégico que quedó demostrado durante la pandemia y que vuelve a evidenciarse cada vez que una guerra, una crisis logística o un fenómeno climático altera el comercio internacional

Un país que depende excesivamente de otros para alimentarse es un país vulnerable. Pero defender nuestra producción tampoco puede significar mantener indefinidamente un modelo que solo sobreviva detrás de barreras arancelarias.

República Dominicana necesita comenzar a pensar en qué puede producir mejor, dónde puede competir y cuáles actividades agropecuarias pueden generar mayor valor por cada tarea cultivada, ya tenemos ejemplos.

El cacao dominicano, especialmente el orgánico y de calidad diferenciada, ha logrado posicionarse internacionalmente. Lo mismo ocurre con nuestro tabaco y la industria del cigarro premium. Allí no competimos necesariamente por producir más barato que todo el mundo: competimos por calidad, origen, reputación y valor agregado.

Ese modelo merece ser estudiado para otros productos, nuestro futuro agrícola podría estar también en cafés especiales, frutas tropicales diferenciadas, productos orgánicos, cultivos destinados a industrias específicas y una agroindustria capaz de transformar aquí lo que hoy vendemos como materia prima.

Porque tampoco basta con cambiar lo que sembramos. Tenemos que cambiar cuánto valor obtenemos de lo que sembramos. La política agropecuaria de las próximas décadas debe caminar sobre dos piernas: garantizar la producción nacional de los alimentos estratégicos que sostienen nuestra seguridad alimentaria y, simultáneamente, desarrollar nichos de alto valor capaces de competir internacionalmente.

Los aranceles pueden comprar tiempo, los subsidios pueden aliviar dificultades. Pero ninguno sustituye productividad, tecnología, innovación y planificación. El verdadero debate que deja el arroz no es únicamente cuánto arancel debemos cobrar para protegerlo.

Es mucho más grande: ¿Qué campo queremos tener dentro de veinte años y qué tenemos que comenzar a hacer hoy para que todavía exista? Porque proteger el campo dominicano también significa transformarlo.