Opinión

¿Y después de la escuela, qué?

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COLUMNA: MAXI FELIZ | La voz de la neurodiversidad

Nuestros niños neurodivergentes crecerán y serán adultos. ¿Está preparada la República Dominicana para incluirlos también entonces?

Hay una pregunta que muchas familias de niños neurodivergentes nos hacemos, aunque a veces nos cueste decirla en voz alta: ¿qué pasará con nuestros hijos cuando crezcan?

Esta preocupación no es nueva para mí. En 2022, en mi investigación jurídica Derechos de las personas con la condición del espectro autista atendiendo a la necesidad de igualdad diferenciada en la República Dominicana, dediqué parte del trabajo precisamente a los derechos a la educación y al trabajo y a la necesidad de implementar políticas públicas específicas.

Entonces defendí un concepto que continúa siendo fundamental: la igualdad diferenciada.

Tratar a todas las personas exactamente igual cuando parten de necesidades diferentes no necesariamente produce igualdad.

Las respuestas deben reconocer esas diferencias para acercarnos a una igualdad real en el ejercicio de los derechos.

Porque nuestros niños crecerán. Serán adolescentes, jóvenes y adultos.

Y entonces ya no bastará con preguntarnos si encontraron una escuela que los incluyera o si recibieron los apoyos necesarios dentro de un aula. Tendremos que preguntarnos si podrán continuar estudiando, aprender un oficio, acceder a una universidad, trabajar, desarrollar autonomía, participar en su comunidad y construir su propio proyecto de vida.

La verdadera pregunta no es solamente qué estamos haciendo por nuestros niños hoy, sino qué República Dominicana estamos construyendo para recibirlos mañana.

Durante años, gran parte de la conversación sobre autismo y otras condiciones del neurodesarrollo se ha concentrado, comprensiblemente, en la infancia: diagnóstico, terapias, escolarización e inclusión educativa. Todo eso es indispensable. Pero la vida continúa después de la escuela y la inclusión también debería hacerlo.

Para algunos jóvenes neurodivergentes el camino será la universidad; para otros, la formación técnico-profesional o la incorporación al mercado laboral. Algunos necesitarán determinados ajustes y apoyos, mientras otros requerirán apoyos significativos durante buena parte o toda su vida adulta. Ninguno de esos caminos hace una vida menos valiosa que otra.

Y aquí debemos hacer una precisión.

Aunque determinadas personas neurodivergentes pueden estar protegidas jurídicamente por las normas sobre discapacidad, neurodivergencia y discapacidad no son conceptos equivalentes.

Cuando hablamos de neurodiversidad estamos ante una conversación más amplia sobre distintas maneras de funcionar, aprender, comunicarse y relacionarse con el entorno. En el caso particular del autismo, además, la República Dominicana cuenta desde 2023 con la Ley 34-23, que contempla educación, capacitación, formación para el empleo y participación en la vida productiva.

Pero tener derechos reconocidos en una ley no significa que todas las barreras hayan desaparecido.

Y muchas de las barreras que enfrenta una persona neurodivergente ni siquiera se ven.

Durante años hemos relacionado accesibilidad con aquello que podemos observar: una rampa, un ascensor o una infraestructura adaptada. Todo eso importa, pero una persona neurodivergente puede encontrar barreras en la metodología de enseñanza, la comunicación, los formatos de evaluación, la organización, el procesamiento sensorial o incluso en una entrevista de trabajo.

La accesibilidad también puede ser académica, cognitiva, comunicacional, sensorial y social.

Esto cobra especial importancia después de la escuela. Un diagnóstico presentado en 2023 por el MESCyT y el CONADIS encontró que el 80% de las instituciones de educación superior evaluadas no eran inclusivas en aspectos clave como su estructura física, el levantamiento de datos y la integración de estrategias dirigidas a esta población. Pero incluso cuando avanzamos en accesibilidad física, debemos hacernos otra pregunta: ¿estamos identificando también las barreras que no podemos ver?

Porque no basta con poder entrar a una universidad. Hay que poder permanecer, aprender, demostrar lo aprendido, avanzar y graduarse.

Tampoco podemos relacionar el éxito exclusivamente con obtener un título universitario. La formación técnico-profesional debe ocupar un lugar fundamental dentro de esta conversación. Necesitamos diferentes rutas de formación conectadas con las capacidades, intereses y necesidades de cada persona y, sobre todo, con oportunidades reales de empleo.

La inclusión laboral fue precisamente otra de las preocupaciones que planteé en mi investigación de 2022. Entonces advertía sobre las barreras para acceder a un empleo digno y sobre la necesidad de desarrollar políticas públicas específicas en esta materia.

Por eso hoy debemos preguntarnos: ¿estamos preparando solamente a las personas neurodivergentes para conseguir empleo o también estamos preparando a los empleadores para reconocer su talento?

Contratar no es lo mismo que incluir.

La inclusión laboral también significa ajustes cuando sean necesarios, procesos de selección adecuados, prevención de la discriminación, acompañamiento y oportunidades de crecimiento. Contratar es abrir una puerta; incluir es permitir que la persona pueda permanecer, desarrollarse y crecer después de haber entrado.

Pero esta conversación tampoco puede construirse exclusivamente alrededor de quienes podrán estudiar una carrera o incorporarse de manera independiente al mercado laboral.

También debemos hablar de quienes necesitarán mayores apoyos durante su vida adulta: formación para la vida, comunicación, habilidades funcionales, empleo con apoyos cuando sea posible, participación comunitaria, autonomía progresiva y protección.

Y debemos hablar de las familias que envejecen mientras se hacen una pregunta que merece por sí sola otra conversación: ¿qué pasará con mi hijo cuando yo no esté?

Una política verdaderamente inclusiva no puede estar diseñada solamente para quien necesita menos ayuda.

La medida de nuestra inclusión también está en la respuesta que ofrecemos a quien necesita más apoyo.

Por eso la transición hacia la adultez no puede comenzar cuando termina la escuela. Debemos planificarla desde antes, identificando capacidades, intereses, necesidades de apoyo, posibilidades de formación y oportunidades de desarrollo.

Durante demasiado tiempo nos hemos preguntado cómo preparar a la persona para que pueda integrarse a la sociedad. Quizás también debemos preguntarnos qué tiene que transformar la sociedad para que esa persona pueda participar plenamente en ella.

Nuestros niños neurodivergentes crecerán y serán adultos.

La pregunta es qué país encontrarán entonces: uno que aprendió a acompañarlos solamente durante la infancia o uno que comprendió que la inclusión debe acompañarlos durante todo su ciclo de vida.

Hace años que venimos planteando la necesidad de respuestas diferenciadas, políticas públicas específicas y oportunidades educativas y laborales. Hoy quiero llevar esa conversación un paso más lejos.

No quiero que preparemos únicamente a nuestros niños para el futuro. Quiero que empecemos a preparar el futuro para recibirlos a ellos.

Porque la inclusión verdadera no consiste solamente en enseñar a una persona a encontrar su lugar en la sociedad. También consiste en construir una sociedad donde exista un lugar para ella.

Por eso la pregunta sigue siendo:

¿Y después de la escuela, qué?

La respuesta no puede comenzar cuando nuestros niños ya sean adultos.

Tenemos que empezar a construirla hoy.


Sobre la autora: Maxi Feliz

Abogada | Defensora de los derechos neurodivergentes | Autora de la primera investigación jurídica sobre autismo en la República Dominicana