Opinión

Washington y Pekín: la geometría secreta de una rivalidad planetaria

Denny Agramonte


Compartir

Hay rivalidades que nacen de una frontera, una religión o una disputa dinástica. La que enfrenta a Estados Unidos y China pertenece a otra especie. No es, en sentido estricto, una controversia bilateral, sino una pugna por la configuración del sistema internacional. Bajo sus manifestaciones comerciales, militares, tecnológicas y diplomáticas subyace una pregunta más antigua y más vasta: ¿qué potencia establecerá, durante las próximas décadas, los parámetros materiales y normativos dentro de los cuales se desenvolverá el mundo?

La respuesta no puede ser sencilla porque el poder contemporáneo ha dejado de ser una magnitud exclusivamente militar. Se despliega en la capacidad industrial, la innovación tecnológica, la arquitectura financiera, las cadenas de suministro, el dominio marítimo, la infraestructura, la inteligencia artificial, los semiconductores, las redes de alianzas, la capacidad de imponer estándares y, acaso de manera menos visible pero no menos decisiva, en la facultad de determinar qué conceptos utiliza el mundo para describirse a sí mismo.

Estados Unidos y China constituyen hoy los dos polos materiales más sobresalientes de esta transformación. Ambos figuran entre las principales economías, potencias militares y centros de investigación del planeta, y ambos poseen asiento permanente y derecho de veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

No asistimos, sin embargo, a una repetición mecánica de la Guerra Fría. La comparación resulta tentadora, pero engañosa. Washington y Moscú edificaron dos constelaciones ideológicas relativamente separadas; Washington y Pekín permanecen profundamente imbricados mediante el comercio, las finanzas, la tecnología, la inversión y las cadenas productivas. Su antagonismo encierra, por ello, una paradoja que habría parecido casi absurda en el siglo XX: las dos potencias intentan limitarse mientras continúan dependiendo parcialmente la una de la otra.

Esa contradicción es una de las claves de nuestro tiempo.

El retorno de la política de poder

La teoría de las relaciones internacionales posee un vocabulario preciso para describir este fenómeno: transición de poder. Una potencia establecida contempla el ascenso de otra cuya masa económica, demográfica, tecnológica y militar comienza a alterar la distribución existente de capacidades.

John J. Mearsheimer, desde el realismo ofensivo, anticipó hace más de una década que el crecimiento chino terminaría cuestionando la primacía estadounidense en Asia. Su argumento descansaba en una premisa clásica: las grandes potencias procuran incrementar su poder relativo porque nunca pueden estar completamente seguras de las intenciones futuras de otras potencias.

La lógica es casi geométrica.

Si una potencia aumenta considerablemente sus capacidades, las demás no necesitan demostrar que sus intenciones son hostiles para reaccionar. Basta con que pueda llegar a serlo.

Aquí aparece el célebre dilema de seguridad: las medidas que una nación adopta para incrementar su propia seguridad pueden ser interpretadas por otra como preparativos ofensivos. Un sistema defensivo puede generar una respuesta ofensiva; esa respuesta puede provocar una contrarrespuesta; y el resultado puede ser una espiral que ninguno de los actores había deseado.

Graham Allison denominó a este peligro la Trampa de Tucídides, recuperando el análisis del historiador ateniense sobre la guerra del Peloponeso. Su tesis sostiene que, cuando una potencia ascendente amenaza con desplazar a una potencia dominante, aumentan considerablemente las probabilidades de confrontación. Allison ha utilizado ejemplos históricos para advertir sobre los riesgos de esta transición en el caso sino-estadounidense.

Pero la historia no es una máquina determinista.

Una transición de poder no significa que la guerra sea inevitable. Joseph Nye ha insistido precisamente en la naturaleza competitiva y cooperativa de la relación sino-estadounidense. El problema consiste en administrar una relación en la que la rivalidad y la interdependencia coexisten sin anularse.

La historia proporciona analogías, no destinos.

La metamorfosis del poder chino

El ascenso chino constituye uno de los procesos más extraordinarios de transformación material de la historia contemporánea.

Durante décadas, una parte importante del pensamiento occidental interpretó la incorporación de China al capitalismo global desde una premisa relativamente optimista: la integración económica produciría convergencia institucional y, eventualmente, una aproximación política al orden liberal.

La trayectoria posterior no confirmó linealmente esa expectativa.

China absorbió tecnologías, capitales, conocimiento empresarial y mercados internacionales, pero conservó un modelo político centralizado y desarrolló una política industrial de extraordinaria amplitud. El resultado fue una combinación singular: mercantilismo tecnológico, planificación estratégica, capitalismo de Estado y apertura selectiva al mercado mundial.

El ascenso económico comenzó así a traducirse en capacidad geopolítica.

La iniciativa de la Franja y la Ruta, la expansión de las capacidades navales, el desarrollo de la inteligencia artificial, la industria de semiconductores, la infraestructura digital y la internacionalización gradual del yuan deben comprenderse como componentes de un mismo proceso de acumulación de autonomía estratégica, aunque no todos respondan a una única estrategia perfectamente coordinada.

El fenómeno puede describirse como geoecoeconomía: la utilización de capacidades económicas, financieras, industriales y tecnológicas para producir efectos geopolíticos.

La geografía continúa importando, pero ya no sólo a través de montañas, estrechos y puertos. Hoy también atraviesa centros de datos, cables submarinos, fábricas de chips, minerales críticos y plataformas digitales.

El territorio se ha vuelto parcialmente inmaterial.

Estados Unidos y la defensa de una primacía

La respuesta estadounidense tampoco puede reducirse a una política de contención convencional.

Washington posee una ventaja singular: no sólo dispone de poder material, sino también de una arquitectura sistémica de alianzas. Europa, Japón, Corea del Sur, Australia y otros socios constituyen una red cuya importancia excede la suma de sus capacidades individuales.

La primacía estadounidense después de 1945 no descansó exclusivamente en sus portaaviones. También lo hizo en instituciones, alianzas, mercados, normas, monedas, universidades, empresas tecnológicas y organismos multilaterales.

En otras palabras, el poder estadounidense ha sido simultáneamente coercitivo, institucional y estructural.

Esta distinción resulta fundamental.

Una potencia puede obligar a otra mediante la fuerza o persuadirla mediante la diplomacia; pero existe una forma más profunda de poder: aquella que determina las condiciones dentro de las cuales los demás actores deben tomar sus decisiones.

Es el poder de establecer las reglas del tablero.

Por eso la rivalidad actual no se libra únicamente en el estrecho de Taiwán o el mar de China Meridional. También se libra en Bruselas, Singapur, Silicon Valley, Shanghái y Washington; en las bolsas de valores, los laboratorios de inteligencia artificial y las cadenas mundiales de suministro.

El escenario es planetario porque la disputa es sistémica.

Del comercio a la securitización de la tecnología

Uno de los cambios más significativos de los últimos años consiste en la transformación de determinados sectores económicos en asuntos de seguridad nacional.

Los semiconductores son el ejemplo paradigmático.

Un microchip puede parecer un objeto diminuto y puramente industrial; en la lógica de la geopolítica tecnológica constituye una pieza de infraestructura estratégica. Sin semiconductores avanzados no existen determinadas capacidades militares, sistemas de inteligencia artificial, vehículos autónomos ni buena parte de las tecnologías contemporáneas.

Por ello, la economía comienza a experimentar un proceso de securitización: ámbitos que antes pertenecían principalmente al comercio son reinterpretados como componentes de la seguridad nacional.

La consecuencia es una progresiva fragmentación de la globalización.

No se trata necesariamente de la desaparición del comercio mundial, sino de su reorganización conforme a criterios de resiliencia, seguridad y confianza política.

La expresión decoupling desacoplamiento describe parcialmente esta tendencia, aunque de-risking reducción de riesgos puede resultar más exacto en determinados sectores. La diferencia semántica es importante: desacoplar supone separar; reducir riesgos supone preservar la interdependencia, pero impedir que pueda convertirse en vulnerabilidad estratégica.

Aquí emerge una nueva paradoja: la globalización que durante décadas redujo los costos de la interdependencia comienza a utilizarse como instrumento de poder.

El Indo-Pacífico y la geografía del siglo XXI

La disputa adquiere una intensidad particular en el Indo-Pacífico.

Para China, el espacio marítimo que se extiende desde el litoral oriental hasta el océano Índico constituye un ámbito esencial de seguridad, comercio y proyección nacional.

Para Estados Unidos, mantener una presencia militar y diplomática sustancial en Asia forma parte de una arquitectura de equilibrio destinada a impedir que una sola potencia alcance una posición preponderante en la región.

Mearsheimer interpreta esta dinámica desde el realismo: una China cada vez más poderosa difícilmente aceptaría indefinidamente una presencia estadounidense dominante en su vecindad estratégica, mientras Washington difícilmente contemplaría con indiferencia el surgimiento de una hegemonía regional china.

Pero otras escuelas introducen matices indispensables.

David Lake ha insistido en la necesidad de estudiar las relaciones sino-estadounidenses no sólo mediante categorías de dominación, sino también a través de instituciones, apertura económica y formas de autoridad internacional. Yan Xuetong y otros especialistas han cuestionado, asimismo, la tendencia a interpretar toda rivalidad entre grandes potencias como una reedición automática de la Guerra Fría. La propia literatura académica muestra que no existe consenso sobre una única caracterización de la relación.

El Indo-Pacífico, por tanto, no es simplemente un tablero militar.

Es un espacio de competencia por la primacía regional, equilibrio naval, influencia diplomática, conectividad económica y ordenamiento normativo.

Taiwán: el punto de máxima fricción

Ningún asunto concentra con mayor intensidad las contradicciones del sistema que Taiwán.

La isla representa para Pekín una cuestión vinculada a la soberanía, la integridad territorial y la reunificación nacional. Para Washington, constituye simultáneamente un problema de seguridad regional, credibilidad estratégica y estabilidad del equilibrio asiático.

La peligrosidad del asunto reside precisamente en que los conceptos fundamentales de ambos actores no coinciden.

Una misma acción puede interpretarse de manera radicalmente distinta según el marco estratégico desde el que se observe.

Una demostración de fuerza puede presentarse como disuasión por quien la ejecuta y como coerción por quien la recibe.

Una alianza defensiva puede concebirse como estabilizadora por una parte y como mecanismo de cerco por la otra.

Así funciona el dilema de seguridad: no necesita una voluntad inequívocamente beligerante para producir consecuencias peligrosas.

La dificultad aumenta porque cualquier crisis en Taiwán tendría repercusiones que excederían ampliamente a China y Estados Unidos. Afectaría a las cadenas industriales, los mercados financieros, el comercio marítimo, la producción tecnológica y, potencialmente, la arquitectura de alianzas del Indo-Pacífico.

Una bipolaridad imperfecta

Feng Liu ha señalado recientemente el surgimiento de una estructura de bipolaridad emergente, en la que las dinámicas de balance de poder vuelven a ocupar un lugar central en la política internacional. Su análisis distingue entre distintas modalidades de balancing, tanto internas como externas, y entre respuestas graduales e inmediatas.

Pero hablar de bipolaridad exige prudencia.

El mundo no está dividido en dos bloques herméticos.

India posee una autonomía estratégica considerable. La Unión Europea constituye un centro económico y normativo de enorme importancia. Rusia conserva capacidades militares y recursos estratégicos significativos. Japón, Corea del Sur, Australia, los países del Sudeste Asiático y las potencias del Golfo desarrollan estrategias propias.

Por ello quizá sea más preciso hablar de una bipolaridad incompleta dentro de un sistema internacional policéntrico.

La fórmula parece contradictoria, pero describe mejor la realidad: dos superpotencias concentran una parte extraordinaria de las capacidades sistémicas, mientras numerosos actores secundarios conservan márgenes de maniobra suficientes para impedir una división binaria absoluta del planeta.

La guerra que ninguno necesita

La paradoja final es quizá la más inquietante.

Estados Unidos y China tienen razones para competir, pero también motivos extraordinariamente poderosos para evitar una guerra.

Ambas economías están insertas en un sistema mundial cuya destrucción perjudicaría a los dos contendientes. Ambas poseen arsenales nucleares. Ambas dependen de la estabilidad de determinadas rutas comerciales. Ambas enfrentan problemas internos que requieren recursos y continuidad. Ambas necesitan crecimiento, innovación y acceso a los mercados.

La rivalidad se parece menos a un duelo entre dos caballeros que a una partida de ajedrez jugada sobre una mesa que pertenece a terceros.

De ahí que la expresión competencia estratégica sea más exacta que la palabra guerra.

Stephanie Christine Winkler ha mostrado precisamente que strategic competition no posee un significado único ni inmutable. El concepto ha cambiado históricamente: pasó de describir una condición que debía administrarse durante la distensión de la Guerra Fría a convertirse, en décadas recientes, en un marco político para organizar la relación con China.

Y esa observación contiene una advertencia epistemológica: las palabras con las que describimos la realidad también contribuyen a construirla.

Llamar al adversario competidor no produce las mismas políticas que llamarlo enemigo.

Llamarlo enemigo tampoco produce las mismas conductas que llamarlo rival.

La semántica puede convertirse en estrategia.

El mundo después de la hegemonía incontestada

Quizá el acontecimiento decisivo de nuestra época no sea que China quiera reemplazar a Estados Unidos ni que Estados Unidos pretenda impedirlo. Esa formulación, demasiado simple, convierte una transformación histórica compleja en una narración binaria.

El acontecimiento más profundo es otro:

la época de la hegemonía estadounidense incontestada ha terminado como condición histórica, aunque no necesariamente como realidad de poder.

Washington continúa disponiendo de ventajas formidables; Pekín ha acumulado capacidades extraordinarias; y ninguna de las dos potencias puede reorganizar por sí sola el sistema internacional según su voluntad.

Incluso las conversaciones recientes sobre strategic stability ilustran esta ambivalencia. Washington y Pekín han utilizado el lenguaje de la estabilidad, pero análisis recientes señalan que ambos países no necesariamente atribuyen idéntico significado al concepto.

El mundo, por consiguiente, entra en una época de interregno geopolítico: el orden anterior no ha desaparecido, pero tampoco conserva intacta su antigua capacidad de organización; el orden posterior aún no ha terminado de nacer.

Entre ambos se abre una zona de incertidumbre.

Y acaso ésa sea la característica esencial del siglo XXI.

Epílogo: la partida sin último movimiento

Borges imaginó alguna vez laberintos en los que el espacio y el tiempo terminaban confundiéndose. La geopolítica contemporánea parece haber construido uno semejante.

China mira hacia el futuro desde la memoria de una civilización milenaria; Estados Unidos lo hace desde la experiencia de una hegemonía relativamente reciente. Una potencia reivindica la centralidad que considera históricamente perdida; la otra intenta preservar un orden cuya arquitectura contribuyó decisivamente a construir.

Ninguna de las dos tiene certeza sobre el desenlace.

Y ésa es precisamente la condición que vuelve peligrosa la rivalidad.

Porque la historia de las grandes potencias demuestra que los imperios rara vez declinan de acuerdo con el calendario que habían previsto, y que las potencias ascendentes rara vez ascienden según el guion que habían escrito.

Tucídides permanece detrás de nosotros como una sombra.

Mearsheimer observa la estructura.

Allison advierte sobre la trampa histórica.

Nye recuerda la posibilidad de cooperación.

Kissinger enseñó que el equilibrio requiere comprender la psicología del adversario.

Wallerstein habría visto en el proceso una manifestación de las transformaciones del sistema-mundo.

Brzezinski habría reconocido la centralidad estratégica del tablero euroasiático.

Y Morgenthau habría recordado, con la sobriedad de los clásicos, que la política internacional continúa siendo, antes que nada, una lucha por el poder.

Pero ninguno posee la última palabra.

Quizá porque el verdadero asunto no sea determinar quién vencerá.

La pregunta más importante es qué clase de orden internacional emergerá de la coexistencia entre una potencia que no quiere dejar de ser preeminente y otra que ya no acepta desempeñar el papel de potencia secundaria.

Entre Washington y Pekín se juega, en buena medida, la arquitectura del siglo que comienza.

Y la historia, que nunca anuncia sus veredictos, permanece todavía en silencio.