Opinión

Volvamos a ser tribu

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Por: Brandy Berroa

Hubo un tiempo en que la supervivencia dependía del otro. Los primeros pobladores de la tierra enfrentaban fieras, lobos y un entorno hostil donde cada amanecer era una batalla por la vida. No existían hospitales, policías ni sistemas de emergencia. Existía algo más poderoso: el instinto de preservar la tribu.

El más fuerte protegía al más vulnerable. Los cazadores arriesgaban la vida para alimentar a los demás. Se construían refugios para resguardar a la comunidad. Se compartía el fuego, porque entendían que la supervivencia del otro era también la propia supervivencia.

Con el tiempo aprendieron a sembrar, a construir aldeas, bohíos y ciudades. Fabricaron herramientas para defenderse de las bestias y de los peligros que amenazaban sus comunidades. Pero en algún punto del camino algo cambió: las armas dejaron de apuntar únicamente a las fieras y comenzaron a dirigirse hacia otros hombres.

Hoy, pareciera que hemos cruzado una línea aún más peligrosa

Cuando ocurre un accidente, una pelea o cualquier situación de emergencia, se repite una escena que debería preocuparnos: alrededor de la víctima aparecen más personas grabando que personas ayudando. No siempre somos quienes agreden, pero con demasiada frecuencia nos convertimos en espectadores del dolor. Lo presenciamos, lo registramos y seguimos nuestro camino. Mientras una persona lucha por su vida, su dignidad o por salir de una situación desesperada, no abundan quienes corren a auxiliarla. En cambio, se multiplican los dispositivos levantados para capturar el momento. Mientras unos intentan sobrevivir, otros buscan el mejor ángulo.

Hemos llegado a un punto inquietante: el sufrimiento humano compite con la necesidad de generar contenido. Lo que antes despertaba compasión, ahora corre el riesgo de convertirse en publicación, historia o video destinado a acumular vistas, reacciones y compartidos.

Escuchamos voces que claman: «¡No lo dejen morir!», «¡Ayúdenlo!», «¡Van a dejar que lo maten!». Sin embargo, muchas veces esos gritos no logran mover a quienes observan la escena. Paradójicamente, terminan formando parte del mismo video que se graba. El dolor se convierte en banda sonora, la desesperación en contenido, y la tragedia en espectáculo.

Lo urgente deja de ser salvar una vida para convertirse en no perder el momento, no perder el enfoque, no perder el encuadre. Así, mientras alguien lucha por sobrevivir, otros compiten por obtener las imágenes que circularán mejor en redes sociales.

La paradoja es evidente: vivimos en la era de la hiperconectividad, pero con cada vez menos disposición para involucrarnos. Nuestros antepasados entendían que la supervivencia dependía de la cooperación; sabían que ignorar el peligro ajeno podía poner en riesgo a toda la comunidad. Hoy, en cambio, corremos el riesgo de acostumbrarnos al sufrimiento de los demás, observándolo a través de una pantalla y confundiendo la observación con la acción.

Vivimos en una sociedad donde abundan los observadores, pero escasean los samaritanos

Hemos desarrollado la capacidad de registrar cada tragedia, pero estamos perdiendo la voluntad de involucrarnos. Nos hemos acostumbrado a documentar el dolor cuando deberíamos estar buscando cómo aliviarlo. Jesús narró una historia para responder una pregunta sencilla: «¿Quién es mi prójimo?».

Nuestro prójimo es el herido, el vulnerable, el que necesita ayuda, el que está caído al borde del camino. El llamado de Cristo no es a convertirnos en espectadores del sufrimiento, sino en instrumentos de misericordia.

Quizá el desafío de nuestra sociedad no sea aprender a grabar mejor

Porque una sociedad no se mide solo por sus avances tecnológicos, ni por tener mejores cámaras, mayor espacio de almacenamiento o mayor velocidad para compartir una primicia. Se mide por su capacidad de detenerse cuando alguien necesita ayuda. Porque una sociedad que pierde la capacidad de proteger al vulnerable termina perdiendo una parte esencial de sí misma.

Quizá el reto sea volver a sentir. Volver a extender la mano. Volver a ser prójimos. Volver a ser samaritanos.

La pregunta es inevitable: ¿en qué momento dejamos de ser tribu para convertirnos en audiencia?

La historia humana avanzó gracias a la cooperación. Las grandes civilizaciones no se construyeron sobre la indiferencia, sino sobre personas dispuestas a ayudar cuando otro caía. Estamos llamados a recuperar aquello que nuestros antepasados comprendieron desde el principio: que cuando la vida de otro está en riesgo, lo humano es detenerse. Lo humano es ayudar. Lo humano no es grabar…

¡Volvamos a ser tribu!