Por Abril Peña
Hay oportunidades que no parecen oportunidades cuando llegan. No traen anuncio, no vienen acompañadas de una propuesta extraordinaria y muchas veces ni siquiera provocan emoción. Pueden tener la forma de una conversación cualquiera, una invitación, una persona que acabamos de conocer, una mesa en la que casualmente terminamos sentados o un espacio al que asistimos casi por compromiso. Solo años después entendemos lo que tuvimos delante.
Con el tiempo he descubierto que durante una parte importante de la vida uno puede estar haciendo todo lo que aparentemente corresponde y aun así vivir en automático. Trabajamos cuando toca, cumplimos compromisos, comemos, resolvemos, vemos amigos, conocemos personas y volvemos a empezar al día siguiente. No necesariamente lo hacemos mal, incluso podemos hacerlo muy bien. El problema es otro: estar presente físicamente no significa estar consciente de dónde estamos, y esa diferencia, que parece pequeña, con los años se vuelve enorme.
Hoy puedo mirar hacia atrás y reconocer personas de las que pude haber aprendido muchísimo más, conversaciones a las que debí prestar mayor atención y escenarios cuyo valor no comprendí mientras estaba en ellos. No los ignoré, estuve allí, conversé, compartí, disfruté. Y después salí por la puerta y seguí con mi vida. Mientras tanto, otras personas que estaban en esos mismos espacios hicieron algo distinto: sembraron. Escucharon, preguntaron, mantuvieron el contacto, construyeron relaciones, identificaron posibilidades que tampoco tenían resultados inmediatos. Años después vemos la cosecha y utilizamos la palabra más cómoda que existe para explicarla: suerte.
Por supuesto que la suerte existe, hay encuentros fortuitos y puertas que se abren sin que podamos atribuirlas exclusivamente al mérito. Pero reducir el éxito ajeno a la suerte también puede impedirnos reconocer algo mucho más incómodo: hay personas que estaban preparadas para identificar una oportunidad cuando nosotros ni siquiera sabíamos que estábamos frente a una.
Y no hablo de convertir las relaciones humanas en transacciones, porque las personas no son escalones y una amistad no debería medirse por lo que puede producir. Se trata exactamente de lo contrario, de interesarnos genuinamente, de escuchar de verdad, de entender que cualquier persona puede saber algo que nosotros desconocemos, que una conversación aparentemente trivial puede cambiar una perspectiva y que las alianzas más valiosas rara vez comienzan con alguien diciendo que van a ser aliados estratégicos, simplemente se siembran.
Quizás el verdadero problema es que pasamos demasiado tiempo sobreviviendo al presente. La agenda, las cuentas, el tránsito, el trabajo, los problemas familiares y la urgencia permanente nos mantienen ocupados, y estar ocupado produce una peligrosa sensación de avance. Pero moverse mucho no necesariamente significa avanzar, y podemos pasar años llenando espacios sin preguntarnos qué estamos construyendo con ellos.
Vivir con intención no significa tener cada minuto planificado ni relacionarnos únicamente con quienes puedan servirnos. Significa estar despiertos dentro de nuestra propia vida, preguntarnos qué podemos aprender del lugar donde estamos, cuidar las relaciones que vale la pena conservar, atrevernos a preguntar, mantener contacto, reconocer que determinadas experiencias quizás no tengan utilidad inmediata y aun así pueden estar sembrando algo importante.
La suerte puede ponernos en el lugar correcto, sentarnos en la mesa correcta, presentarnos a la persona correcta, incluso entreabrirmos una puerta. Pero difícilmente hará todo el trabajo. Hay que estar atentos para reconocer ese pequeño cachito que nos está tirando.
Porque algunas de las grandes oportunidades de nuestra vida probablemente no se presentarán como oportunidades. Parecerán simplemente un martes cualquiera. Y vivir con intención consiste precisamente en aprender a no tratar ningún día como si fuera solamente un espacio que tenemos que llenar.



