@abrilpenaabreu
En el día de ayer vivimos lo impensable: un apagón general en un país que ya había olvidado lo que se siente quedarse completamente a oscuras. Pero… ¿realmente esperábamos otra cosa?
Porque si lo que está ocurriendo en el sistema eléctrico dominicano estuviera pasando en Toyota, en Apple o en Hyundai, no haría falta destituir a nadie: la plana mayor ya habría renunciado por vergüenza. No por este último apagón, sino por el deterioro paulatino y evidente de los últimos años, que ha devuelto la vida de los dominicanos a los niveles de hace una década.
Sin embargo, Celso Marranzini y su comparsa parecen tener línea directa con algún santo poderoso, porque siguen ahí, inamovibles, sin importar los resultados ni las consecuencias.
Pero lo más alarmante no fue la oscuridad. Fue descubrir que el Metro y el Teleférico de Santo Domingo se apagaron junto con el país, dejando personas atrapadas durante horas, en condiciones que pudieron terminar en tragedia. ¿Cómo es posible?
¿No se supone que un sistema de transporte masivo debe tener un respaldo eléctrico independiente del resto del país? Uno que permita, al menos, completar el circuito o llegar a la siguiente estación. Si no lo tienen, es una falla garrafal de diseño y seguridad. Y si lo tienen, ¿por qué no funcionó?
Lo terrible es que, como en tantas otras cosas en esta tierra de la improvisación, quedarán muchas preguntas sin respuestas.
Y mientras tanto, seguimos moviéndonos —cuando hay luz— al ritmo de un sistema que cada día brilla menos.



