Opinión

Un liderazgo esperanzador ante la crisis partidaria

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Lo que vimos la pasada semana en el Congreso Nacional debe hacer sonar la alarma de todos y cada uno de los partidos políticos de cara al próximo torneo electoral que se avecina.

En ese escenario salió a relucir públicamente un delicado conato de división de las fuerzas partidarias, que de marcar la tónica en lo adelante, augura un panorama sombrío y poco prometedor para el sistema de partidos, vital para la democracia.

De modo que al minar a la bancada opositora, al evidenciarla como incapaz de lograr nada que vaya a contracorriente del gobierno, el Ejecutivo desmoraliza a las fuerzas opositoras y desalienta a los sectores populares que las apoyan pero a la vez merma la necesaria credibilidad en el sistema político.

Cuando se advierte la ausencia de institucionalidad en los actores políticos sobre los que recae la responsabilidad de intervenir a favor del bienestar de los demás, cuando se carece de un objetivo común, cuando no hay un norte cierto que actué como centro gravitacional y referente de orientación, cuando no existen instrucciones políticas que aglutinen, cuando no se ve un liderazgo claro o éste se ve afectado por ‘el galloloquismo’, el resultado es el gran despelote que acabamos de ver recientemente en el Congreso Nacional.

En este sentido, la posición de los Partidos ante la opinión pública, es incómoda y difícil, pues no resulta entendible cómo los partidos políticos se restan a sí mismos y se agrietan internamente ante los ojos de todos en momentos decisivos del accionar político. El mensaje que esto envía es que: “si no pueden cohesionarse adentro, cómo pretenden capitanear la necesaria unidad con los de afuera”. “Si no hay ninguna voluntad de unión adentro, muchos menos puede haberla con los de afuera”.

En esta tesitura, el sistema de partidos proyecta una crisis de identidad que tiene que resolver con urgencia. Si no la resuelve, seguirá perdiendo cuotas y espacios de representación y arraigo popular.

En un medio donde las manifestaciones de la pasión se quedan reprimidas en nuestra interior, lo que se requiere es a líderes dispuestos a levantar las esperanza de las masas irredentas, con un discurso aguerrido en la lucha contra las injusticias y las desigualdades pero esperanzador en el planteamiento de soluciones para el futuro de la nación.

Cuando practicamos el mandamiento divino de amar al prójimo como a nosotros mismos, es más fácil trabajar por la unidad en base a un objetivo común, dejando de lado los protagonismos individuales, los personalismos y nuestras ambiciones personales, pensando en que nada puede estar por encima de los que más sufren esta situación que padecemos.

De Martin Luther King resulta sabio aprender que: “El odio paraliza la vida, el amor la libera. El odio confunde la vida, el amor la armoniza. El odio oscurece la vida, el amor la ilumina”.

Por Alejandro Asmar