Opinión

Leonel Fernández y el ocaso de la dialéctica: anatomía de una alocución desconectada

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@abrilpenabreu

Tras varios días analizando cómo el 3 de enero de 2026 marcó un quiebre definitivo del derecho internacional tal como lo conocíamos, resulta inevitable detenerse en la reciente alocución del expresidente Leonel Fernández sobre la crisis venezolana. A primera vista, podría parecer que coincidimos en el diagnóstico: la legalidad fue desconocida. Pero la similitud termina ahí. Una cosa es analizar una realidad sistémica desde la observación crítica; otra muy distinta es asumir una postura desde la ambición de volver a conducir los destinos de una nación en este nuevo siglo de hierro.

Cuestionar al referente intelectual más influyente de nuestra era democrática puede parecer una frescura de mi parte. Lo hago, sin embargo, desde un lugar de absoluta libertad —y espero que con el respeto suficiente—: no aspiro a cargos, sé admirar incluso cuando no son de los míos y quienes me conocen saben que suelo decir lo que pienso, incluso cuando incomoda. Tampoco tengo vínculo alguno con el proceso venezolano. He sido consistente: hace tiempo que Nicolás Maduro debió abandonar el poder. Lo que está en discusión hoy no es su salida, sino las formas, los tiempos y, sobre todo, las lecturas políticas que se hacen de ella; y en el caso de este análisis, la pertinencia —o no— de la participación de Leonel, así como de lo que dijo, y de lo que decidió no decir, en su alocución.

1. El error de imagen: cuando la forma traiciona al fondo

En política, la estética no es superficial: es ética. La producción del video fue sorprendentemente deficiente para un hombre de la estatura de Leonel Fernández.

La constante mirada hacia abajo, siguiendo el prompter, rompió cualquier conexión emocional con la audiencia. No vimos a un líder hablando desde la convicción, sino a un académico repasando apuntes; para colmo, con un aire cansado y hasta desprolijo. A esto se sumó una iluminación pobre y una edición descuidada que transmitieron una sensación de improvisación, incluso de cierta clandestinidad, incompatible con la gravedad del mensaje y con la autoridad que se intentaba proyectar.

2. El logo a la espalda: un peso innecesario

El uso del fondo de La Fuerza del Pueblo fue un riesgo político perfectamente evitable. Al hacerlo, Fernández no habló como exmandatario ni como intelectual de alcance regional, sino como jefe de partido. Esa decisión tuvo consecuencias claras.

Primero, colectivizó una postura estrictamente legalista, obligando a toda su militancia a cargar con una defensa técnica de la soberanía venezolana que muchos —agotados por la crisis regional— ya no sienten como propia. Segundo, anuló cualquier matiz interno: en un partido donde conviven diversas sensibilidades, imponer una lectura jurídica rígida frente a la captura de Maduro cerró puertas a sectores moderados y jóvenes que perciben la acción de Estados Unidos no como una violación, sino como una liberación.

Pero quizás lo más grave fue la desconexión emocional que evidenció con la mayoría de la población que aspira a conquistar, una ciudadanía que, por H o por R, no entiende ni conecta con legalismos abstractos. Al parecer, olvidó que está en campaña.

3. El funambulismo legalista en la era Trump

Leonel intentó lo imposible: quedar bien con el manual de la ONU de 1945 mientras el mundo es reescrito en tiempo real por Donald Trump. Su distanciamiento tardío de los resultados electorales de 2024 en Venezuela —admitiendo la inexistencia de actas— fue un movimiento necesario para limpiar su expediente. Pero no bastó.

Criticar la extracción de Maduro apelando a una legalidad que el propio régimen venezolano demolió durante años se percibe, para el ciudadano común, como una defensa técnica de una dictadura. En un escenario dominado por la diplomacia de la fuerza, Trump no acepta zonas grises: o se está con el “cambio” o se pertenece al “viejo orden”. En ese tablero, Leonel quedó peligrosamente mal ubicado, sobre todo por no haber condenado de manera abierta y frontal al régimen.

4. Inteligencia, soberbia y desconexión

Aquí emerge un rasgo que ha acompañado a Leonel Fernández durante toda su vida pública y que hoy le pasa factura: la convicción —real o percibida— de su superioridad intelectual. No es un secreto ni una novedad; es una crítica recurrente incluso entre antiguos aliados.

Fernández parece confiar en que su capacidad dialéctica no solo explica la realidad, sino que puede corregirla. Ese gesto, que en otros tiempos fue interpretado como brillantez, hoy se percibe como distancia, incluso como soberbia. En 2026, la gente no busca cátedras ni demostraciones de erudición jurídica; busca empatía política, claridad moral y lecturas que partan del sentir colectivo, no de la autosuficiencia intelectual.

Al priorizar la forma legal sobre el fondo moral de la tragedia venezolana, el expresidente pareció más preocupado por sostener su autoridad conceptual que por conectar con la indignación de su propio pueblo. Para ese ciudadano cansado —el mismo que describí en La sociedad del cansancio— el mensaje no sonó a prudencia, sino a desconexión elitista.

5. La línea roja

Por último, y no menos importante para alguien que aspira a la presidencia: atacar abiertamente al imperio es tocar una línea roja. Estados Unidos —y su mandatario— no solo dicen sin pudor cuándo no les gustan determinados candidatos en otras naciones; tienen, además, el poder real para influir, directa o indirectamente, en los procesos electorales venideros. En estos tiempos aciagos, ¿es eso una jugada inteligente?

La alocución fue el retrato de una orfandad política: un líder leyendo hacia abajo, en penumbra, defendiendo conceptos que el nuevo orden global ya desechó y arrastrando a su partido a una posición que lo aleja del centro político. Esta crítica no busca minimizar su inteligencia —que es innegable—, sino advertir que cuando la inteligencia se presenta sin humildad, deja de persuadir y empieza a aislar.

Yo puedo darme el lujo de ser legalista por principios. Un aspirante presidencial, en este mapa de hierro, no puede permitirse el lujo de parecer el abogado brillante pero desconectado de una era que Trump ya envió al desván de la historia.