@abrilpenaabreu
República Dominicana tiene ante sí una oportunidad que exige visión de Estado. Según el ministro de Energía y Minas, Joel Santos, se han invertido unos 40 millones de dólares en la exploración de tierras raras y se prevé destinar una cantidad similar en 2027. Es una apuesta importante que debe acompañarse de transparencia y rigor.
El entusiasmo debe guardar proporción con las certezas. Todavía corresponde determinar cuánto existe, qué puede aprovecharse y bajo cuáles condiciones económicas y ambientales. El país merece información comprensible sobre los resultados de esa inversión y los pasos que siguen.
Desde ahora debemos decidir qué lugar aspiramos a ocupar en esta actividad. Limitar nuestra participación a extraer y exportar materia prima reduciría sus posibilidades de desarrollo. Debemos procurar capacidades de procesamiento, formación técnica, transferencia tecnológica y oportunidades para empresas dominicanas.
Las alianzas internacionales pueden contribuir a ese objetivo, siempre que los acuerdos protejan el interés nacional y establezcan compromisos verificables. Las comunidades deben participar en las decisiones y recibir beneficios concretos, con garantías para el agua, el territorio y sus medios de vida.
Explorar este potencial es una decisión que merece respaldo. Precisamente por su importancia, exige planificación, vigilancia pública y continuidad más allá de una gestión gubernamental.
La verdadera riqueza de las tierras raras se medirá en lo que permitan construir: conocimiento, empleos de calidad, ingresos públicos bien utilizados y desarrollo para las comunidades. Ese debe ser el centro de la apuesta dominicana.



