@abrilpenaabreu
A veces el problema más visible no es el más profundo. Y a veces, mientras el país discute feminicidios con cifras y con flores, la conversación más reveladora no está en los noticieros sino en la sección de comentarios de una publicación cualquiera de Instagram.
Esta semana, a raíz de los recientes asesinatos de mujeres que sacudieron la opinión pública, circularon en redes sociales contenidos que intentaban abrir una conversación sobre algo que debería ser evidente: que la normalización de la violencia contra las mujeres no se construye solo con un disparo, sino desde cómo reaccionamos, qué consumimos, qué toleramos y qué decidimos ignorar como sociedad, que el Estado aparece después de la tragedia como si su opinión pudiera revivir a las víctimas en lugar de transformar desde la raíz la cultura que las mata, y que toda sociedad que trabaja la violencia únicamente después del crimen siempre llegará tarde.
Lo que respondió una parte del ecosistema digital fue más revelador que cualquier estadística.
Porque en esa sección de comentarios no hubo solo debate o discrepancia, que son legítimos, hubo un paredón, frases lanzadas sin pudor y con likes encima que decían que el problema es el chapeo, que las dominicanas son lambonas, que el hombre mantiene y la mujer se lo da al motoconcho, que tienen que aprender a elegir pareja, que si se quedan en casa no les pasa nada, y en la fiscalía, según el testimonio de una mujer que fue a denunciar, le dijeron que estas mujeres se ponen a hacerle cosas a los hombres para después estar asustadas. Frases reales, de esta semana, mientras el país suma feminicidio tras feminicidio.
Y ahí está el problema que nadie quiere nombrar con claridad: el ecosistema digital no solo refleja la cultura, la construye, la amplifica y la valida en tiempo real, y cuando los algoritmos premian el contenido que genera reacción, la misoginia más cruda encuentra en las redes su mejor plataforma porque escandaliza, porque provoca, porque genera el clic que el sistema necesita para seguir funcionando. Los celos disfrazados de amor, el control convertido en protección, la humillación presentada como entretenimiento, todo eso circula todos los días como contenido de humor o como debate de pareja sin que nadie lo nombre como lo que es: violencia, normalizada, empaquetada y distribuida a millones de personas que la consumen sin procesar lo que están aprendiendo.
Y lo que están aprendiendo es que el sufrimiento tiene requisitos, que la compasión depende de un expediente moral impecable, que hay víctimas más merecedoras que otras, que si una mujer dependió económicamente de alguien o tomó malas decisiones afectivas entonces pierde parte de la empatía que merece cuando la matan. Esa lógica no nace en la mente de un asesino de la nada, se construye clic a clic, like a like, comentario a comentario, en un ecosistema que lleva años normalizando la deshumanización de la mujer como entretenimiento cotidiano.
No es que las redes sociales crearon la misoginia. La misoginia existía antes. Lo que hicieron las redes fue darle micrófono, audiencia, validación y métricas, convertir lo que antes se decía en privado en un discurso público que acumula seguidores, y transformar el paredón informal donde se juzgaba a las mujeres en un paredón digital donde se les juzga frente a miles de personas con el mismo resultado, la humillación como castigo, el silencio como única salida digna.
La diferencia entre ese comentario y ese crimen no es de naturaleza. Es de grado.
Y mientras sigamos tratando esos comentarios como opiniones legítimas dentro del debate público en lugar de síntomas de la misma enfermedad que estamos intentando curar, seguiremos llegando tarde, con flores y con estadísticas, a tragedias que se anunciaron mucho antes en la sección de comentarios de una publicación de Instagram.
La normalización de la violencia no empieza con un disparo, a veces empieza con un like.



