Por Ann Santiago
El sexo. Qué cosa más simple y complicada a la vez. Un montón de cuerpos buscando placer. Una descarga. Un grito ahogado. Una explosión de lo que somos cuando dejamos de pretender. Pero también, un campo minado de culpas y etiquetas. Porque hablar de sexo no es solo hablar de lo que hacemos en la cama, es hablar de lo que nos hicieron creer sobre hacerlo.
Te enseñan que el sexo es amor. Que debe ser especial. Que los hombres lo buscan porque son “hombres”, y las mujeres porque “se enamoran”. Que si lo haces mucho, eres puta. Y si no lo haces, eres una mojigata. Como si no existiera nada en medio. Como si el placer tuviera dueño.
Te enseñan a esconder las ganas. A fingir que no te calientas, que no te tocas, que no te imaginas cosas que “no deberías”. Porque querer coger está bien si eres hombre, pero si eres mujer, más vale que lo disimules. Nos quieren en el papel de la que espera, la que concede, la que “se deja”. Nunca la que pide. Nunca la que disfruta sin pedir permiso.
Y cuando decides hacer lo que te da la gana, ahí vienen las miradas. “Se le nota”. “Mira cómo se viste”. “A saber cuántos lleva encima”. Porque claro, el número de veces que abriste las piernas se convierte, mágicamente, en tu valor como persona. Como si el orgasmo ajeno fuera moneda de cambio. Como si no fuera lo más humano del mundo querer sentir placer y buscarlo donde te plazca.
Pero no te confundas. A los hombres tampoco les fue tan bien. Los llenaron de expectativas absurdas. “Tienes que durar horas”. “Tienes que saberlo todo”. “No puedes decir que no”. Como si no fueran también cuerpos buscando sentir. Como si no tuvieran derecho a dudar, a fallar, a preguntar qué te gusta sin miedo a que eso les quite “hombría”. ¿Y si no quieren? ¿Y si no pueden? Nadie habla de eso.
Porque en esta sociedad, el sexo no es solo sexo. Es poder. Es territorio de conquista, de validación, de control. Nos lo metieron en la cabeza desde siempre: las películas, las canciones, la religión, la escuela. Todo el mundo parece tener algo que decir sobre a quién te follas y por qué. Y mientras tanto, a pocos les importa si de verdad lo disfrutas o si te obligaste a hacerlo por miedo a quedar mal.
Hablemos claro. Nadie es más puta por hacer lo que quiere. Y nadie es más santo por quedarse con las ganas. Si quieres explorar, hazlo. Si te gustan cosas raras, bien por ti. Si te excita lo que otros no entienden, ¿y qué? No vinimos a este mundo a vivir bajo los estándares ajenos. Porque mientras tú te reprimes por miedo al qué dirán, los que te juzgan probablemente hacen lo mismo a escondidas.
El sexo no define tu valor. No te hace menos. No te hace más. Te hace humano. Y ser humano implica desear, ceder, pedir, sentir. A veces amar. A veces no. Y está bien. Deja de pedir perdón por lo que te excita. Deja de esconderte. Porque al final, el único pecado aquí es vivir con miedo de tu propio placer.
Que te llamen puta, si quieren. Ser puta no es el insulto que ellos creen. El verdadero insulto es pasarse la vida entera sin atreverse a sentir.



